Pasaba yo a la altura de la casa de Mario Conde, en Madrid, y vi a un señor vestido con un mono que trabajaba afanosamente en la reparación de una Vespa: un trapo en una mano, algo parecido a una aceitera en la otra y un montón de herramientas en el suelo. Era un señor regordete y de barba, de rostro que se me hizo familiar: ¡leñe, Miguel Arias Cañete! Desde entonces me cayó bien: un ministro arremangado en plena calle, arreglando su moto sin escoltas ni jefe de prensa que llame a los fotógrafos y que no te puede dar la mano embadurnada, tiene que ser un buen tipo. Ignoro si buen ministro, que esto no viene al caso; pero buen tipo tiene que serlo.
Ahora que se ha metido en el charco del machismo y en ese charco ha plantado un berenjenal, sostengo que sigue siendo un buen tipo. Discutible, por supuesto. Demasiado alegre al justificar su papel en el debate, evidente. Y lento, increíblemente lento al presentar sus disculpas, ostentosamente clamoroso. Primero se acomplejó. Después se quiso proteger a lo cobarde, huyendo de cualquier encuentro con alguien que llevara una grabadora. Y así, al error de la frase que desató la tormenta añadió el agravante de la huida y ambos lo dejaron en un penoso papel: un candidato que hay que esconder, como astutamente acusó Valenciano.
La historia quizá no cambie el panorama electoral, para desesperación socialista. Pero sí deja un reguero de lecciones políticas. La primera, sobre esta campaña. Cuando es insulsa, vacía de contenido, roma en los mensajes y adusta en las formas, cualquier cosa que se salga de lo ordinario se convierte en eje de la propaganda. Los contrincantes pierden el pudor y pueden llegar al extremo de vetar al autor para el puesto de comisario europeo, que sería la ruptura de la tradición de apoyo al candidato del Gobierno.
La segunda: si esa «cosa» incide sobre algo tan sensible e injusto como la «superioridad intelectual» del varón sobre la mujer, arruina a su autor por mucho tiempo. De nada sirve una trayectoria brillante y una reconocida capacidad de gestión ante una torpeza puntual. Tienen razón los asesores: en campaña no se puede cometer un solo error. Los adversarios, sean del color que sean, se convierten en perros de presa sin piedad.
Y la tercera: si hubo ofensas o alguien se da por ofendido, lo más elemental es pedir disculpas. Arias Cañete tardó cinco días en tener ese gesto. Verá cómo ahora se relaja la presión. Y esa es la gran conclusión de esta historia: si los políticos que se equivocan, los que prometen y no cumplen, los que sencillamente no saben gobernar tuvieran alguna vez la humildad de disculparse, a lo mejor tenían mejor imagen. Y a lo mejor no había tanta crispación en este país.