Apelo desde esta columna a los cientos de miles de mujeres que votan o militan en el Partido Popular; a las alcaldesas, conselleiras, juezas, gerentes de hospital, propietarias de tiendas de ultramarinos o catedráticas de universidad que comparten y promocionan el ideario y la estrategia social que plantó Manuel Fraga cuando fundó Alianza Popular en 1976. A esas señoras a las que hoy supongo perplejas e indignadas por la condescendencia medieval de su candidato, Arias Cañete. En veinticuatro horas, su dicharachera humanidad se ha desvestido de las imposturas de la corrección para mostrarnos su verdadero aspecto: el de un machote complaciente con las mujeres a las que les hace el favor de no utilizar su «superioridad intelectual» para no ser considerado machista. Al señor Cañete le resulta complicado discutir con las mujeres, un obstáculo que supongo habrá menoscabado también la relación con sus compañeras de militancia. A los ciudadanos, antes de este regüeldo de irritante indulgencia, la congoja nos vino de observar cómo los candidatos de los dos partidos que mandan en España manoteaban como dos principiantes en un debate ramplón sin temperatura intelectual ni política. Hoy nuestra pesadumbre ha medrado, tras constatar que ni siquiera hemos sido capaces de normalizar las discusiones entre hombres y mujeres. Cañete no solo denuncia la demagogia feminista de Valenciano, sino que desliza que esa estrategia dialéctica trasciende la refriega política entre competidores ideológicos y establece un nuevo escenario bélico, el que nos une a nosotras contra ellos. Y en esa guerra, el soldado Cañete nos perdona vida.