Hay pequeñas historias que contienen el ancho mundo. Como un percebe condensa el sabor del océano. O una magdalena resume la infancia. The New York Times cuenta una de ellas, la de un señor de Tallahassee (Florida). Se llama Mario Hernández y el diario cuenta que, «después de vivir casi medio siglo en los Estados Unidos, de casarse y formar una familia, pagar impuestos y trabajar durante decenios para el Gobierno federal, ha descubierto que no es un ciudadano americano». Ni siquiera tiene el consuelo de ser un residente. Ha sido uno de esos dreamers (soñadores) que bautizó Obama, tan soñador que no sabía que tenía que despertar. Mario dejó Cuba y llegó a Estados Unidos en 1965, cuando aún era un niño. Durante tres años sirvió en el ejército. Trabajó en el Departamento de Justicia como supervisor de prisiones y vigiló a delincuentes peligrosos, como Timothy McVeigh, condenado por colocar la bomba que mató a 168 personas en Oklahoma. Uno de sus dos hijos combatió en Afganistán. Así fue transcurriendo una vida digna de llamarse americana, con más de uno de esos tópicos que crecen al abrigo de las barras y estrellas. Pero cuando necesitó un pasaporte para reservar un crucero por el Caribe con su mujer se preguntó dónde estaban sus papeles. Y se encontró con la sorpresa de que, en cierto sentido, había vivido en falso. The New York Times recuerda que Mario, por su condición de refugiado cubano y de veterano de guerra, no puede ser expulsado. Pero añade que tampoco puede salir del país ni votar. Es la paradoja de la inmigración hecha carne. Solo Kafka hubiera inventado mejor esos cinco decenios con Mario.