Los expertos lo dicen. No hay peor daño que el que nos hacemos con metas altas. Vivimos en una sociedad que exige todo y un poco más. Tenemos que ser eficientes en el trabajo, maravillosos en casa, excelentes padres, mejores hijos, perfectos con los amigos... No hay descanso. Las heridas que nos causamos con nuestras exigencias son, a veces, muy difíciles de reparar. Un especialista en salud mental insiste en que siempre debemos de buscar objetivos que podamos cumplir, nunca caer en la trampa de querer saltar dos metros diez, sobre todo si ni siquiera estamos preparados para saltar. Hay que huir de las cimas, de los Himalayas que nos imponemos. Tenemos que ir a las metas que tenemos a mano. Aprender a disfrutar de los pequeños placeres. Los pequeños placeres son una clave de la bóveda del bienestar. Una ducha reconfortante, media hora de siesta un fin de semana después de unos días terribles. Una cena con amigos. Palabras alrededor de una mesa (no guasap), palabras de las de toda la vida. No oír, escuchar y sentir. El camino hacia la frustración es pelear por imposibles. Escucho a otro experto: «Las cosas no son como uno quiere que pasen, son como suceden». Saber adaptarse y conocer qué podemos alcanzar y que cumbre jamás hollaremos.