El vestido de Mónica


En 1998 el mundo dejó de hablar de Irak para buscar en un vestido azul añil la impresión argentina de un desahogo presidencial. Mónica Lewinsky conserva ese camisero azul y con él el trozo de tela más evocador de la política contemporánea; con solo imaginarlo la mente es capaz de ver a Clinton retozar con la moza en el despacho oval, ese puente de operaciones del planeta, esa sala de máquinas de la Tierra en la que además de traficar con el poder se practica muchísimo sexo, por lo que se ve. Debe de ser la erótica de la autoridad, ese magnetismo desconcertante que exuda el liderazgo, y que lo mismo enmascara la complexión vulgar de Bill Clinton que dispara el sex appeal de un camarero estiloso. La becaria sucumbió a ese misterio químico como en este preciso instante están haciendo todas las señoras que se infiltran en la resbaladiza jungla carnal de los despachos aún a riesgo de acabar siendo despreciadas con el doloroso «esa mujer» con el que Clinton la negó cuando fue pillado en las patatas. Casi veinte años después de que el vestido de Mónica quedara salpicado de historia, ella sigue siendo la becaria libidinosa. Su futuro se quedó congelado en una postura humillante a la que nuestra mente se empeña en acudir cuando pensamos en ella. Mientras, la vida de Clinton continuó; no solo fue indultado por la historia, sino que tiene posibilidades ciertas de convertirse en la primera dama de la primera presidenta de Estados Unidos, la misma a la que engañó con la becaria. Veremos si la historia es tan indulgente con Hillary, en caso de que decida imprimir la marca de las humedades del poder en la corbata de un becario.

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