Francisco «on fire»


Desde que el jesuita Jorge Bergoglio fue elegido papa, la Iglesia es como un anuncio argentino. El mismo efecto cautivador que rezumaba aquel comercial de Coca Cola (para los gordos, para los flacos, para los altos, para los bajos...), habita en los gestos de Francisco, la mejor campaña de márketing de un catolicismo en crisis que a base de visitar las catacumbas corre el riesgo de perder su memorable vocación de matizar la historia. Bergoglio ha reñido a las monjas, ha respetado a los homosexuales, ha confortado a los divorciados, no se ha ofendido por ser considerado marxista e incluso ha insinuado que la mujer debería dejar de ser discriminada en una de las pocas instituciones humanas que nos sigue considerando oficialmente incapaces. Está por ver si el estilo Francisco conllevará una revolución doctrinal o si se queda en anuncio de Coca Cola, pero por de pronto el pontífice ha conseguido trasladar a la Iglesia una virtud que había sido despreciada por sus antecesores: la simpatía.

Se equivoca quien desdeña la vis cómica como artefacto diplomático. Hay algo en la sonrisa que desarma. He visto a discrepantes radicales del ministro Montoro rendirse a su coña desconcertante y a adversarios ideológicos de Alfonso Guerra disfrutar con su refinamiento sarcástico. En estos tiempos banales caer bien es fundamental. El rey exprimió durante años ese talento, aunque tropiezos mayores acabaron salpicando de sospechas grotescas su campechanía. Aznar debería saberlo.

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