S erá una pose o será que de verdad es así. Pero Rajoy se toma esto de la política con la misma falta de entusiasmo con la que un registrador va despachando uno a uno los expedientes que se le acumulan encima de la mesa. El presidente del Gobierno parecía haberse olvidado de que la elección del titular de Agricultura como candidato a las europeas le obligaba a nombrar a un nuevo ministro del ramo. «Presidente, perdone que le interrumpa, pero es que tenemos pendiente designar a un nuevo responsable de Agricultura», se atrevió a decirle ayer su jefe de gabinete. «Ah, sí, es verdad, mecachis. Pues que corra el escalafón y nombren a la número dos de Cañete. ¿Cómo se llamaba?», contestó Rajoy. «Isabel García Tejerina, presidente, pero no es del PP, no tiene el más mínimo perfil político y estamos a las puertas de unas elecciones europeas», le respondió su asesor. «Tanto mejor, así queda claro que no hay nada que cambiar», respondió el líder del PP. «Perfecto, jefe, pues esta misma tarde jura el cargo doña Isabel».
Uno de los pocos placeres que les caben a los presidentes del Gobierno, abrumados por sus enormes responsabilidades, es ejercer el poder de nombrar y cesar a los ministros. Y así teníamos a Aznar encantado con su espectáculo del cuaderno azul o a Zapatero hilando una crisis de Gobierno tras otra. Pero el mensaje que envía Rajoy es que la máxima demostración de poder es poseerlo y no tener necesidad de ejercerlo cada día. Si fuera por él, dejaría el ministerio en rango de secretaría de Estado sin darle a nadie la cartera, ahorrando así en papel oficial. Total, ¿para qué?
Rajoy ama el poder, pero detesta la política. Su sueño sería poder dedicar todo su tiempo a gobernar rodeado de un grupo de técnicos cualificados, sin tener que ocuparse de tostones como el Parlamento, las sesiones de control al Ejecutivo, la prensa, el partido, y cosas así de aburridas. Pero su empeño en dejar claro que le resbalan las críticas, que no admite presiones de nadie y que solo él maneja los tiempos políticos raya en el desprecio a sus más próximos, humillados de manera gratuita al tener que admitir que no tienen ni idea de lo que piensa el presidente sobre nada. El propio Arias Cañete se despertó ayer con un viaje programado para hoy a Portugal como ministro de Agricultura y tuvo que suspenderlo a toda prisa. Así es Rajoy.
Cosa distinta es si acierta o no al aplazar una crisis de Gobierno. Parece obvio que a un mes de unas elecciones no es momento del reconocimiento de errores que comporta todo cambio en el Ejecutivo. Si después de haber aplicado unos recortes brutales consigue ganar unos comicios europeos tradicionalmente utilizados para castigar gratis al Gobierno de turno, dejará al líder de la oposición listo para el desolladero y pondrá el piloto automático, sin cambio alguno, hasta las generales. Solo una victoria de Valenciano que resucite a Rubalcaba le haría cambiar de equipo. Y si es por la mínima, ni así.