Dicen los expertos que el daño siempre hay que repararlo para que las heridas curen. Ahora que parece que no existe la muerte, nos queremos saltar el duelo. Y dicen los especialistas en salud mental que es un disparate que siempre trae peores consecuencias. La muerte está ahí. A cualquier edad. Miren a Tito. Estaba aquella tremenda frase de Cunqueiro, tremenda pero muy cierta, de que la mitad de nosotros ya está muerta, solo que evitamos pensar en esa mitad ya vacía. Nos vamos muriendo cada día. Es lo único que compartimos todos: el final. Da igual el sueldo que tengas o si tienes sueldo. Al final aparcamos en la parca. No hay otra salida de este juego. Y nos hacemos un daño tremendo si no nos enfrentamos de cara al drama que es la pérdida de un ser querido. Del sanatorio al tanatorio. Los tanatorios cada vez más están construidos y diseñados para ocultar el hecho brutal y radical de la muerte. Son espacios extraños, como un hall inmenso, para que parezca que allí no sucede nada. Antes se vivía el fallecimiento de una manera mucho más natural. Ahora en esta sociedad de ocultamientos queremos escapar también del suceso más trágico que nos toca afrontar. Y la herida nunca cura sin aprender a llorar a los que se han ido. Las lágrimas son necesarias para que todo fluya.