El mejor oficio del mundo

Enrique Clemente Navarro
Enrique Clemente LA MIRADA

OPINIÓN

No sé por qué, o puede que sí lo sepa, pero al enterarme de que Gabriel García Márquez había muerto no me vinieron a la cabeza sus obras maestras. Ni Cien años de soledad ni El coronel no tiene quien le escriba ni El amor en los tiempos del cólera. Inmediatamente me acordé de un librito que compré cuando era un entusiasta veinteañero aspirante a periodista titulado Cuando era feliz e indocumentado, que recoge algunos de los reportajes que escribió entre 1957 y principios de 1959. Y lo fui a buscar. Ahí estaba en la estantería, al lado de esas y otras de sus cumbres literarias, ajado, con las hojas amarillentas, algunas desencuadernadas, y esa portada con un dibujo del autor, más propio de un tebeo de la época que de un libro, en la que se le ve con la mano derecha estirada y el dedo índice desafiante. García Márquez dijo que siempre se había considerado periodista por encima de todo, que para él era el mejor oficio del mundo, aunque ya en 1996 alertaba de los peligros que entrañan las «manipulaciones malignas» y las «tergiversaciones venenosas». Consideraba que sus libros eran en el fondo «grandes reportajes novelados o fantásticos» en los que utilizaba los métodos y el manejo de la información y los hechos del periodista. Aquel treintañero que era joven, feliz e indocumentado publicaría diez años después Cien años de soledad. Su dominio de la palabra, su lenguaje preciso, su estilo inconfundible se habían cimentado en las redacciones y el mejor reporterismo de calle. En las 4.500 páginas que ocupan sus trabajos periodísticos. Quizá por eso en el momento de su muerte recordé y releí ese librito que se resiste a ser arrumbado en mi biblioteca.