El último genio de la política tiene nombre de mujer y se llama Susana Díaz. Como se sabe, presidenta de la Junta de Andalucía. Según algunos, gran revelación del socialismo. Según otros, hermosa palabrería cuyo encanto ideológico es que parece la reencarnación del Felipe González más juvenil. Según este cronista, un reflejo bastante fiel de la política española actual: gana adictos por su forma de hablar, porque todo lo demás es una incógnita. No se conocen resultados de su gestión. No adoptó una decisión trascendente para su comunidad. Y sería injusto pedirle resultados dado el poco tiempo que lleva en el poder.
Ahora bien: ha conseguido convertir su despacho en centro de peregrinación de todos los socialistas españoles que tienen alguna aspiración. No hay día en que no se publique alguna referencia a su persona como «valor en alza». Ocupa la posición que le dejan en una formación que, descontado Rubalcaba, atraviesa un desierto de liderazgo. Susana Díaz ha sido subida al podio de la popularidad por una extraña combinación de vacío y opinión publicada. Es lo que se llama fortuna histórica. Mientras se celebra su valor en alza, la última realidad es que Andalucía siguió siendo en marzo la autonomía que más parados aportó a los registros oficiales.
Estos días tiene protagonismo estelar por una acción que le regaló Izquierda Unida: la entrega de pisos a las familias okupas desalojadas de la Corrala Utopía de Sevilla. Susana Díaz se vistió con la bandera de la ética, dijo que no había derecho a saltarse la lista de espera, le quitó a Izquierda Unida las competencias en materia de vivienda, y ayer se rompió temporalmente el acuerdo de gobierno. En condiciones normales, hubiera sido una tragedia para quien preside el Gobierno, porque lo deja en minoría. Pero la señora Díaz tiene la suerte de los campeones.
Ahora está quedando en las crónicas como la gobernante que defiende el principio de legalidad frente a quienes practican el clientelismo; como la defensora de las mayorías frente a un pequeño grupo de familias que además no eran ejemplares; como la presidenta responsable que se niega a fomentar el efecto llamada para nuevas ocupaciones de casas; como la mujer valerosa que no deja que su bipartito sea como el bipartito gallego en el que cohabitaban dos Gobiernos?
Todos esos y otros piropos se le dedicaron en horas 24. No me digan que no es fantástico. Y a todo esto, el PP celebra la crisis de la coalición como su oportunidad. No se equivoquen: este es un juego entre el PSOE e Izquierda Unida. Uno aporta el rigor, la valentía y la ley, y el otro el sentido social. Ante el gran espectáculo, debidamente aireado, el PP puede quedarse como un partido testimonial.