La cultura es importante. Pero sacralizarla es un desastre. Lo mejor de la cultura es que si de verdad te empapas con ella comprendes que debe ser un puente para unirte a todo tipo de personas. Una persona culta, que ha entendido el significado de sus lecturas, jamás usaría sus libros como un muro hacia los demás. Ese tipo de sabio es el que me interesa, jamás el erudito que utiliza sus conocimientos para subirse a un pedestal de los tomos que ha leído. Una actitud que aleja al empachado de películas, libros o doctorados de la comprensión hacia sus semejantes, cuanto más variados mejor. Así me extrañó el testamento de Hoffman, el prodigioso actor que perdimos antes de tiempo. Philip Seymour Hoffman, en el testamento que hizo en el 2004, cuando estaba casado y tenía solo un hijo, legó su fortuna (que en el momento de su muerte ascendería a unos cuarenta millones de dólares) a su mujer y a su hijo mayor, el único que tenía entonces. Al crío le impuso unas condiciones que causaron sorpresa. Solo podrá disponer del dinero si vive (o pasa cierto tiempo al año) en Nueva York, Chicago o San Francisco. ¿Por qué? Porque Hoffman creía que el chaval tenía que empaparse de la cultura que emana de esas ciudades, de su rica vida de escenarios y lecturas y de su atractiva y variada arquitectura. Ahí tenemos un ejemplo de sacralizar la cultura. Culto es el que sabe empaparse en cualquier rincón de la tierra, muchas veces sin necesidad de libros.