Ocho apellidos


La película Ocho apellidos vascos hace unas semanas era la sorpresa de la gran pantalla. Hoy es el fenómeno. Demuestra que puede haber vida en la taquilla española más allá de Torrente, Bayona, Almodóvar y Amenábar. Es sano que reine una comedia diferente en los cines de aquí. No tendrá la complejidad de una obra de Woody Allen, como no pueden presumir de ella la mayoría de las películas norteamericanas que intentan arrancar risas por estos pagos ni la exhiben películas francesas que arrasan en su feudo prestándose al guiño local. Y Ocho apellidos vascos merece recaudar una fortuna simplemente por el hecho de ser en bastantes aspectos heredera de Vaya semanita, un programa de humor de la ETB que le plantó cara a los mayores fantasmas de su tierra sin ningún tipo de complejo ni deuda. Llevó al extremo el difícil arte de reírse de uno mismo sin salvar a nadie. Con un supuesto padre que tenía «un hijo txaraina y otro de la ETA». Con una parodia de concurso llamado «¡Y si no, te echamos de Euskadi!», en el que el supuesto participante esperaba la pregunta correspondiente metido en la boca de un cañón. Con ese grito de «¡Salamanca no es España!» desde el corazón de los Sánchez, que mutan en Sántxez según el viento. Con sus gags sobre la negociación entre PNV y PSOE. Con su cuadrilla de gallitos que salían trasquilados como ovejas. Su espíritu, parodiar todo para no sacralizar nada. Bajar de los pedestales a todos. Aquel bálsamo televisivo ayudó en el complicado proceso de convertir heridas en cicatrices. Larga vida en las pantallas a su hija cinematográfica.

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