Me quedo con la utopía


La política puede ser la más romántica de las actividades, cuando se busca construir un mundo mejor entre la justicia y la solidaridad, o ser la más abominable de las profesiones cuando se ejerce para tener el poder del pueblo y usarlo en beneficio de uno mismo sin importar la ética y la estética.

Si Cervantes levantara la cabeza, volvería a mandar desfacer entuertos a su caballero andante por los caminos de España. No se puede tomar su nombre para dar cobertura a malandrines y truhanes como el todavía dictador Obiang. No se debería acoger para conferenciante sobre El español en África a un sujeto que implantó en la antigua colonia de Guinea un régimen despreciable. ¿Qué diría aquel explorador alavés, Manuel Iradier? La experiencia nos indica que tal noticia ni es casualidad, ni es para mejorar las condiciones de vida de un país olvidado, salvo que oscuros intereses económicos aconsejen disfrazar el pasado y darle asiento desde el Instituto Cervantes a cambio de alguna concesión a empresas que serán las beneficiarias de la vergonzosa operación.

Una vez más, desde la Zarzuela no tienen suerte. En las mismas semanas se encuentran enredados por las conversaciones entre Pilar Urbano y Suárez donde salen a relucir los fantasmas de aquel «elefante blanco» un 23-F. O la ayuda desde la Jefatura del Estado para aceptar en sociedad al dictador en Guinea Ecuatorial, donde se obtiene la bauxita que en mi pueblo -San Cibrao- la factoría Alcoa transforma en alúmina y en aluminio, dando trabajo y generando riqueza en el norte de Galicia.

Mientras, Rouco de Vilalba nos asustaba con sus premoniciones cual Nostradamus, recordándome aquellas misiones de los dominicos y franciscanos en tiempos del nacionalcatolicismo para que fuéramos temerosos de Dios.

Cuando repaso las obras de la juventud, me paro ante El final de la utopía, donde Marcuse nos explicaba cómo desde la utopía se puede reivindicar la libertad y la vida de los seres humanos. Quizá esta sea la senda que necesitan seguir las nuevas generaciones para cambiar el mundo que ha estado a punto de repetir, o lo hace de otra forma, los horrores de los cuatro jinetes del apocalipsis del siglo XX. Decía Saramago que no le gustaba la utopía porque no sabía dónde estaba. Es como la verdad, a la que solo se llega por aproximación. Pero obliga a moverse hacia otra parte.

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