La malla antitrepa


El ministro del Interior ha diseñado con mucho esmero unas mallas antitrepa para tratar de frenar los saltos de la valla fronteriza por parte de los ciudadanos africanos que, empujados por el hambre, las guerras y otros desastres, tratan como sea de poner un pie en Europa. Por supuesto, nuestros vecinos saltan las concertinas, las mallas antitrepa y lo que se ponga por delante porque tienen a la muerte no pisándoles los talones, sino mordiéndoles ese mismo pellejo que se dejan a jirones en las alambradas.

Una vez en lo alto algún inmigrante se queda encaramado a la valla o a la farola, resistiendo durante diez o doce horas ahí arriba, como un personaje de una película de Angelopoulos. Es el retrato exacto y desasosegante de este mundo disparatado que entre todos hemos creado mirando para otro lado o fingiendo apenas una tierna sonrisa al ver los docudramas del telediario.

Si las mallas antitrepa las hubiesen plantado estos avispados ministros no en las alambradas hostiles de Ceuta y Melilla, sino en los deslumbrantes rascacielos y despachos de la City o Wall Street -o quizás en lugares no tan remotos ni tan lejanos- tal vez no estaríamos ahora donde estamos, es decir, silbando sobre el abismo y moviendo mucho las patitas justo antes de pegarnos el gran sopapo, como el Coyote cuando se pasaba de frenada en su eterna caza del Correcaminos.

Con una buena malla antitrepa, qué sé yo, en la torre acristalada de Lehman Brothers, igual no se habría venido abajo el sistema financiero mundial, porque en lugar del viscoso pisador de cráneos estaría al mando del chiringuito uno de aquellos tipos preparados y solventes de cuando los negocios no eran la alocada timba de vendedores de crecepelo y tahúres del Misisipi en que se han convertido desde que empezó a dirigir el gran casino una tribu acelerada de ludópatas y forajidos. Porque el trepa, ese ascensorista de sí mismo tan parecido al grimoso Gollum, es insaciable por definición y no se detiene hasta que se estrella.

Una lástima que hayamos colocado guardias, mallas, alambradas y concertinas para frenar al trepador equivocado. Otro siglo será.

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