Pobreza y dignidad son incompatibles. La pobreza hace añicos la ciudadanía real. «La democracia -decía Sartre- tiene responsabilidades profundas con aquellos que habitan en ella. Y su mayor responsabilidad es, por supuesto, la educación, la distribución del ingreso, que nadie pase hambre, que nadie sea analfabeto, y posibilidades de trabajo para todos. Si la democracia no puede dar esto... Y bueno, está fallando algo». El diagnóstico de Cáritas es estremecedor: Pobreza cada vez más intensa y crónica en nuestro país, con avance hacia desigualdades que causan la fractura social. Las personas empobrecidas cada día lo tienen más difícil para salir de la exclusión.
Los ingresos de los más ricos de España son siete veces superiores a la media de las rentas más bajas, diferencia que se incrementa cada año. La destrucción de empleo y los recortes salariales -reformas implantadas por el Gobierno del PP- han provocado una estrepitosa caída del nivel de renta y poder adquisitivo de los hogares. Los niveles de desigualdad son los más altos de la UE. Dos millones de hogares están con todos sus miembros sin trabajo.
Cáritas dice que con la pobreza infantil, solo superada por Rumanía, «estamos borrando las fronteras de la dignidad humana». El modelo económico de «cierta» austeridad, no solo impacta en el consumo e ingresos del Estado, vulnera la Constitución de los derechos sociales y el ejercicio real de la ciudadanía. Tal situación promueve escándalo ético, indignación y alarma ante la incapacidad de los que mandan, y las movilizaciones desesperadas de los parias que nada tienen que perder.
Me emociona que la Complutense haya recuperado el espíritu combativo de los sesenta. Es un tributo a Tierno Galván, García Calvo, Aranguren, Aguilar y Montero. Con su liderazgo intelectual pusieron en marcha el movimiento estudiantil por la libertad. Con la pobreza instalada en nuestra sociedad, las libertades ciudadanas son pura quimera. El Estado tiene un gravísimo problema. Los europarlamentarios deben preocuparse y ocuparse.