Entre la realidad y el apocalipsis

OPINIÓN

29 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

En contra de lo que es su costumbre, el presidente de la Xunta despachó una pregunta parlamentaria relacionada con los niños gallegos gravemente desnutridos negando la mayor, cuestionando el uso de estadísticas no oficiales y exhibiendo la sorpresa por el hecho de que un problema que está teóricamente resuelto asome a la prensa de forma periódica y con ribetes apocalípticos. La intervención de Núñez Feijoo respondía a Yolanda Díaz (AGE), que había usado los datos de Cáritas -entre otros- para poner de manifiesto lo que consideraba un fracaso de las políticas liberales y sus recortes, una semana antes de que nuevos datos, extraídos de fuentes similares, volvieron a informar de que cerca de un 25 % de los españoles están en riesgo de exclusión por pobreza severa o pobreza energética. Y por eso parece conveniente reflexionar algo, serenamente, sobre tan espinoso problema.

A Feijoo no le falta razón en tres cosas. La primera, que no tiene sentido multiplicar el uso de estadísticas, de procedencia y metodología muy diversa, para afrontar un tema que la estadística oficial trata con suficiente continuidad, con abundantes medios y con metodologías homologables, y que esa manía de llegar al Parlamento con la estadística más desfavorable para el Gobierno nos mete en un babel de cifras y debates que no ayuda nada a la resolución de los problemas. La segunda, que no es fácil asumir que existe un problema como el de la desnutrición infantil que, de ser identificado en términos concretos, sería inmediatamente resuelto. Y la tercera, que «no se vale» -así, con reflexivo interpuesto- tratar estos asuntos con códigos ambiguos o difíciles de interpretar, porque no es fácil saber si una persona «en riesgo de exclusión» ya está excluida o no, ni cómo se combinan los ingresos privados y el masivo aporte de servicios públicos que, a pesar de los pesares, sigue prestando el Estado.

Aquí está la razón por la que España juega su liga europea con una disociación evidente entre su realidad social y los discursos que la describen, y en una abierta contradicción entre su renta per cápita y la calidad todavía reconocida de sus servicios, la atracción que ejerce sobre poblaciones extranjeras, y las afirmaciones -apocalípticas, diría Feijoo- sobre hambrientos, desnudos y sintecho, que nos ponen a la cola de Europa y, dicen algunos, al nivel de Senegal.

La exageración instrumental desinforma más de lo que informa, y por eso deberíamos hacer un enorme esfuerzo de estudio, consenso e interpretación para que pudiésemos saber de qué estamos hablando, y para que el nuevo uso de algunos conceptos surgidos de la crisis, como la pobreza energética, no nos arrastren a hacer comparaciones sentimentales cuya buena intención no sirve para describir, evaluar y resolver tan agudos e inasumibles problemas.