El que pueda escuchar, que escuche

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

25 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Está teniendo una despedida como a él le gustaría: rodeado de su familia, querido por el pueblo, valorado por todas las fuerzas políticas. Pongo en primer lugar a su familia, porque un día me escribió en una carta íntima: «Uno de los grandes problemas humanos que me atormentaban durante mi mandato como presidente [era] ¿qué pensarían mis hijos Mariam, Adolfo, Laura, Sonsoles y Javier de lo que yo estaba haciendo? ¿Qué pensarían de mis proyectos, mis esfuerzos...?». Esos hijos eran entonces unos niños que yo veía jugueteando por la Moncloa. Hoy, superadas muchas tragedias, llevan ya muchos años entendiendo lo que hacía su padre. Y durante su enfermedad le han dado todos los afectos y cuidados que se pueden dar a un padre desvalido.

Y después, el pueblo. Los testimonios de las gentes que hicieron largas filas ante el Congreso de los Diputados venían de simpatizantes de Suárez, no cabe duda. Pero eran de todas las ideologías. Y he escuchado a muchos, incluso jóvenes, confesar por qué estaban allí. Estaban para despedir a un político diferente: al político que había traído la democracia, pero que había sido honesto y practicaba el consenso para resolver los problemas del país. Exactamente lo que a Suárez le hubiera gustado escuchar. Si esa es la imagen que queda para la posteridad, al menos en su transmisión oral, no es mala imagen.

Pero creo que lo importante hoy es recoger esos testimonios populares y elevarlos a la categoría de lección política. Quienes han hablado ante los micrófonos estaban haciendo, a la vez, un acto de afecto y un acto de protesta. Protestaban, y lo decían, contra la política que antepone intereses de partido al interés colectivo. Protestaban contra la falta de acuerdo de sus representantes, que tratan de imponer sus ideas. Protestaban contra la corrupción. Protestaban contra el egoísmo y la endogamia de las fuerzas políticas. Y protestaban contra la lentitud en la solución de sus problemas, que se eternizan, esperando la varita mágica que nunca llega. Esas gentes dijeron lo que aprecian en el líder y lo que echan en falta en la gobernación.

Visto así, las palabras escuchadas en la cola formada ante el Congreso de los Diputados no solo eran un homenaje al presidente difunto, sino una censura en toda regla a la política actual. Y sería muy interesante que quienes también lo elogiaron desde la política activa, desde el poder o la oposición, lo tomaran como la última lección; la última lección de Suárez. Quizá con ella se salve la penosa imagen de nuestra clase política, convertida en tercer gran problema de nuestro país. Y supongo que no hace falta ser Suárez para tener audacia, para ser dialogante, para ser generoso y para actuar con dignidad.