Cinco años de vértigo

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

25 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Asomarse a la memoria de aquellos años produce vértigo. Recordar que Adolfo Suárez fue el presidente que menos tiempo permaneció en el poder, descontada la breve travesía de Calvo Sotelo, provoca perplejidad. Parece increíble a la vista de la vorágine de acontecimientos registrados. Para el joven periodista, que andaba por allí, la historia dio un acelerón. Y aún no da crédito a que, en un solo lustro, todo se pusiera patas arriba: la vida colectiva y su vida personal. Ahora se pregunta dónde estaba en cada vuelta del desbocado tiovivo.

La sorpresa de la designación de Suárez llegó a Ávila, donde el periodista pipiolo hacía la mili, acompañada de alborozo. El rey le había encargado desmontar el mecano del franquismo pieza a pieza. Y por más que el nuevo presidente prometía habitaciones confortables para todos, lo recibieron con escepticismo quienes, como el soldado raso del cuartel abulense, defendían la demolición en vez de la reforma.

El Sábado Santo de 1977, cuando aún humeaban las pistolas asesinas de Atocha, retemblaron los cuartos de banderas de toda España. Suárez legalizó el PCE aquel día, se ganó la enemiga eterna de los militares y demostró, además de valentía, que la democracia iba en serio. El periodista, sumergido en la clandestinidad, en Vigo, colocó en la portada de A Voz do Pobo un título eufórico: «¡Xa somos legais!».

El tornado se puso a girar aún más deprisa. Las urnas, clausuradas en 1936, se abrieron de nuevo a la voluntad popular. Y Adolfo Suárez, que nunca consiguió cocinar un guiso homogéneo con el batiburrillo de UCD, fue capaz de persuadir e involucrar a todos los partidos parlamentarios en dos tareas formidables: la elaboración de una Constitución y los Pactos de la Moncloa. La primera, pese a ulteriores tropelías, incumplimientos y desarrollos espurios, ha demostrado su capacidad de resistencia: ya ha cumplido 35 años. Los segundos, sellados para afrontar el impacto de la crisis del petróleo y la quiebra del sistema financiero diseñado en Bretton Woods, ayudaron a poner en hora el reloj de la economía española. En ambos casos, sus defectos quedaban ocultos bajo el manto del consenso: al pie figuraban todas las firmas, sin exclusiones, ni enmiendas, ni votos particulares.

El periodista asistió aquellos meses, esta vez como cronista en las Cortes constituyentes, al alumbramiento de la historia. En medio del torbellino y con ojos deslumbrados, viendo cómo se desplegaban las primeras leyes de la democracia. La reforma fiscal, que traía el impuesto sobre la renta bajo el brazo. Un estatuto de centros escolares que, recurrido por el PSOE, nunca llegó a entrar en vigor. La ley de divorcio, horneada por Suárez y vituperada por la Iglesia. Todo era novedoso para todos.

Tiempos convulsos. De esperanza y de terror. La muerte y el secuestro, con ropajes de extrema izquierda o de ultraderecha, acechaban en las esquinas. El ruido de sables se hacía cada vez más chirriante. El periodista recuerda el rostro congestionado de un general del Ejército, seguido de taconazo y media vuelta despectiva, al descubrir su identidad. Invitado por el Gobierno a unas maniobras militares hispano-estadounidenses -Mojácar, 1979-, su pasaporte desentonaba en aquel entorno: la credencial de Mundo Obrero en la solapa y, quizás peor, una foto departiendo amigablemente con Suárez y otros periodistas en la cartera.

En enero de 1981, Suárez anunció su renuncia. No quería que la democracia fuese, «una vez más, un paréntesis en la historia de España». El periodista se acordó de Mojácar y, poco después, emprendió viaje de retorno a su Galicia. Y aún hoy, mientras España despide a Adolfo Suárez, se asombra al comprobar que aquella odisea solo duró cinco años.