Qué extraña relación con la vida la de Suárez. Fíjense, hace once años lo enviamos a la estantería de los personajes históricos descontados. Sabíamos que respiraba pero lo teníamos en un estado de muerte social en el que ya solo contaba como pasado. Y el viernes su hijo y ese extravagante anticipo precipitado que lo convirtió en un premuerto del que todos han estado hablando en pasado aunque de sus pulmones aún no hubiera salido el último suspiro.
Es como si el hombre molestara, como si tuviera una relación tensa con la normalidad biológica que le ha impedido vivir como los demás. Lo habitual es que estés o que no estés, pero Suárez se ha tirado años estando sin estar y, al final, casi ha muerto sin fallecer. Al margen de la puñeta personal, su triste peripecia vital le reporta la singularidad que requieren las grandes biografías.
A Adolfo le colocaron el precinto de arquitecto de la transición cuando interesó trasladarlo al almacén y este gesto ha sido una maldición. Como la España de los setenta, el expresidente no ha sido en estos años ni una cosa ni la otra; ni estaba aquí, ni se había ido; ni vivía del todo, ni acababa de morir. Como el país que presidió. Suárez ha sido un hombre en transición hacia otro estado y esa metamorfosis ha sido tan larga y dolorosa y ha tenido tantos problemas de memoria como la de la propia España. Qué curioso que sus horas finales, tan sinuosas como las anteriores, se escriban estos días, cuando el país manotea hacia otra condición.