¡Qué acierto, qué inmenso acierto!


Poco se ha hablado de las muy estrechas vinculaciones de Adolfo Suárez con La Coruña, ciudad hacia la que guardaba un profundo sentimiento de afecto, nacido de la feliz época de su juventud en la que aquí vivió. Su padre, un significado y convencido republicano, vino hasta aquí en la posguerra en una especie de destierro, cuando Adolfo tenía entre trece y quince años.

Su familia trabó relaciones de amistad con algunos conspicuos representantes de la «cáscara amarga» local, como eran los hermanos propietarios de la tienda de regalos El Capricho, conocidos lerrouxistas. También con Enrique Cornide y con el padre de José María Calviño, que sería uno de sus sucesores en la dirección de RTVE. Curiosamente, todos ellos, en el transcurrir de los años, serían los impulsores de la asociación Amigos de La Coruña.

Adolfo llegó a jugar de titular en el equipo de los juveniles del Deportivo y era un deportivista confeso que se conocía de memoria todas las alineaciones del Dépor en distintas temporadas. Esa condición de hincha blanquiazul gravitó sobre nuestro primer encuentro, cuando a finales de los años 70 nos recibió en el palacio de la Moncloa a un grupo de gallegos para tratar el establecimiento de la preautonomía.

Asistimos Cabanillas, que era ministro, García Sabell, Antonio Rosón, Paz Andrade y creo recordar que Iglesias Corral, siendo yo el único socialista. Mi partido me había dado instrucciones precisas para exigir una serie de garantías que impidiesen que UCD llevase toda la iniciativa del proceso naciente. Sin conocernos previamente, el entonces presidente del Gobierno me recibió cordialmente llamándome Paco y cogiéndome del brazo, en un gesto muy típico suyo. Me sentó a su lado y empezó a hablar de La Coruña y del Deportivo. En dos minutos me tenía completamente encandilado y así no es de extrañar que en la reunión yo diese por buenos todas las propuestas de Suárez, lo que me acarreó después un broncazo de Alfonso Guerra.

En estos tristes días, plumas ilustres exaltarán su decisiva contribución al advenimiento de la democracia, debida en gran medida al tándem que formaron el rey y Adolfo Suárez. Con la anécdota que he relatado, mi pretensión es sencillamente subrayar una de sus grandes virtudes políticas, que no era otra que su innegable capacidad de seducción, que se manifestaba tanto en la esfera privada como en sus comparecencias públicas.

En 1979, cuando las encuestas auguraban la victoria de los socialistas en las elecciones generales, en su última comparecencia televisiva nos derrotó al afirmar que España aún no estaba preparada para un Gobierno marxista.

Nuestra estrategia posterior estuvo marcada por el delenda est Suárez, iniciativa en la que nos vimos ayudados por la traición de algunos de los suyos, que efectuaron como eficaces quintacolumnistas tanto del PSOE como de AP.

Descanse en paz el mejor prototipo de la generosidad que permitió alumbrar la gran reconciliación nacional que representa la Constitución. Al morir, Adolfo Suárez alcanza el paraíso del reconocimiento que en vida se le negó, como a todos los grandes hombres que en España se ven condenados al infierno de la envidia y la mediocridad nacional.

Francisco Vázquez Vázquez, embajador que fue de España cerca de la Santa Sede y exalcalde de A Coruña

Por Francisco Vázquez Vázquez Embajador que fue de España cerca de la Santa Sede y exalcalde de A Coruña

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