Algunos políticos son diferentes


El jueves por la tarde falleció Iñaki Azkuna, que fue alcalde de Bilbao durante catorce años. Y ayer por la mañana se anunció, por un portavoz de su familia, la extrema gravedad de Adolfo Suárez, al que el paso del tiempo señala como el artífice principal -ideológico y ejecutivo- de la transición democrática. Y fue esta coincidencia en el dolor y en la gloria la que me llevó a escribir este artículo que ya bullía en mi cabeza, cuyo único mensaje es la afirmación -justa, optimista, necesaria y práctica- de que los políticos no son todos iguales, que entre tan denostada cuadrilla están algunas de las personas que más han luchado por nuestra libertad, nuestra dignidad y nuestro bienestar, y que hay mucha gente que, habiendo estado en contacto con montañas de dinero de los presupuestos públicos, viven y mueren como ejemplos intachables de normalidad y decencia.

Iñaki Azkuna, que fue proclamado en instancias internacionales como «el mejor alcalde del mundo», tuvo el mérito de hacer gobernable la ciudad de Bilbao, a la que llevó desde un ejecutivo pentapartido -preñado de pactos extraños e imposibles- a la mayoría absoluta de la que disfrutaba ahora y por primera vez. Su espíritu independiente, dialogante y sincero, capaz de compaginar su elevada cultura humanista con el lenguaje de la calle, le permitió culminar la enorme obra colectiva que fue el cambio de imagen y modelo de la capital del Nervión, y realizar su difícil trayecto en un ambiente de normalidad y seriedad política que se convirtió en paradigma de la nueva sociedad que está naciendo en Euskadi. Por eso le lloran y ensalzan todos, como ejemplo imborrable de buena gestión, convivencia política y honradez personal.

Adolfo Suárez, que en su momento sufrió la incomprensión de la gente y el ninguneo de una clase política engreída que no le llegaba a la suela de los zapatos, constituye hoy un patrimonio político común, un personaje que la historia va agrandando a medida que se aleja, y un ejemplo de inteligencia, audacia y honradez política con la que muy pocos se pueden comparar. Lo mejor de este hombre -que algunos tacharon de oscuro funcionario del régimen franquista, y como tal lo despacharon- es que, a pesar de haber sido el principal artífice de la paz democrática, y el que creó los marcos de diálogo y consenso que caracterizaron la transición, consiguió convencernos a todos de que aquello fue una obra colectiva, de la que todos y cada uno de nosotros -incluidos los que querían y pensaban otro final bien distinto- nos sentimos protagonistas.

Por eso quiero convertir el recuerdo de ambos personajes -Suárez y Azkuna- en un día de gloria para la política, a la que la crisis convirtió en chivo expiatorio de nuestras miserias y errores. Para recordar, con verdad y justicia, que no todos los políticos son iguales.

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