Hubo un pintor que pisaba sus telas. Que las tenía por el suelo. Que no respetaba su obra. Que no sabía cuándo uno de sus cuadros estaba terminado. ¿Cuándo se puede decir que una obra de arte tiene el punto final? Nunca. El arte auténtico es como la vida: siempre bulle. Ese pintor era nada menos que Paul Cézanne, pinceles mayores. Hasta mayo está su exposición en el museo Thyssen, una locura que hay que conocer. Una orgía para los ojos. Estar delante del trabajo del hombre que desbrozó el camino hace que ardan las miradas. Del artista que saltó el océano, del corazón del impresionismo al cerebro del cubismo. Del genio que intuyó que las pinceladas temblonas de Monet podían ir más lejos y se podían convertir en casi geometrías. Que un paisaje es una ecuación de cubos. ¿Por qué no? Ahorrar detalles nos da más realidad, a veces. Monet, Cézanne, Picasso... una familia, generaciones que evolucionan, eslabones. Gigantes todos, también este Cézanne que dudaba siempre. Igual dudar tanto lo hizo tan grande. «Yo no soy sino el primitivo de un arte nuevo».