El leñazo a las renovables

La Comisión Europea (CE) estableció la pasada década dos objetivos sobre cambio climático: cortar radicalmente las emisiones europeas y liderar al resto del mundo. Ambas han fracasado. La CE gravó las emisiones con un sistema de compraventa de créditos de carbono que adquirirían los contaminadores, y catapultó las energías renovables. Lo primero no ha funcionado, depreciándose el carbono a cinco euros la tonelada. Las ayudas a renovables se han disparado. Solo en Alemania supuso 16.000 millones de euros en el 2013, subvencionándose a 150-200 euros tonelada de CO2. Francia, el Reino Unido, Italia o Portugal apoyan también con entusiasmo las renovables.

En una Europa en equilibrios con la recesión, la CE reformuló un nuevo marco de cambio climático para el 2030. Sin embargo, desde ese élfico retiro para expolíticos nacionales que es el Parlamento Europeo, les devolvieron los papeles, reprochándoles mostrar unas expectativas tan pobres. La CE, contrita, envía otra propuesta aún más utópica: conseguir un 40 % de reducción de emisiones y alcanzar el 27 % en renovables. Esta propuesta la debatirán el Ecofin y el Consejo de Europa, pero intenta ponerle bridas injustamente al sector agrario. Falla por la base.

Absurdamente, desde que empezó este enredo, los bosques quedaron excluidos como instrumento mitigador del cambio climático. A pesar de reconocer la Comisión que la fijación de CO2 por su sector forestal equivale anualmente al 8 % del total de emisiones de la UE, y que otro tanto quedaba almacenado en la madera por sustitución de materiales no renovables ni reciclables: aluminio, plástico, hormigón, etc., los aprovechamientos forestales siguen contando como «emisiones netas», no se favorece el uso de la madera y no se prima a quien produce la biomasa para la industria energética. Por descontado, reforestar amplias superficies europeas abandonadas, como única vía para captar CO2 en la fotosíntesis, es herético.

En este contexto, aparece la incongruente reforma energética española. El leñazo a las renovables se factura en pérdidas por 5.100 millones de euros en el 2013. Solo en cogeneración (una buena parte alimentada con biomasa forestal) ha detenido la producción de 1.800 megavatios (MW) en el último año y 600 MW más recientemente. Empresas ligadas al sector forestal como Miguel y Costas ha descendido un 14,7 % en su beneficio bruto, Torraspapel anuncia una reorientación de inversiones en el extranjero y Ence registra un 92 % de caída en resultado neto, planteándose clausurar su planta en Huelva. En igual encrucijada se encuentran Rianxeira, Coren o Gadisa, entre otras muchas. La consecuencia inmediata es la pérdida de competitividad empresarial, destrucción de empleo y un recibo de la luz encarecido un 63 % desde el 2003 al 2011 que con la reforma ha subido inicialmente el 3,2 %, un 3,1 % en octubre y otro 2,3 % a principios de año. Inconcebiblemente, pagamos la electricidad más cara de Europa, con 100.000 MW instalados, pero una demanda de solo 40.000 MW.

De este sinsentido entresacamos que la biomasa es la mayor fuente de energía renovable y autóctona en Europa, como en Galicia. El escenario planteado amenaza la producción energética renovable, a la industria tradicional de la madera y la producción de materia prima. La selvicultura desaparecerá, al igual que la cogeneración, agravando el efecto invernadero. La Comisión debe reconocer que sus actuales políticas han forjado incoherencias. Pueden probar impulsando un sector forestal pujante, gestionándolo de manera sostenible y reforestando áreas en manos muertas. Sería un ejemplo para otras zonas del globo muy deforestadas. Y el Ministerio de Industria debería coger el toro por los cuernos, como hizo Alemania.

Enrique Valero es director de la Escuela de Ingeniería Forestal (UVI) y miembro del Comité Consultivo de Bosques de la CE.

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