Por el talante, hacia Dios

*+Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Sinceramente: lo que más me intriga del cardenal Rouco Varela es por qué no se ha entrevistado nunca con Mariano Rajoy. Han coincidido dos años en sus respectivas presidencias. Tienen el mismo o muy parecido público. Al revés que Zapatero, Rajoy no va por el mundo predicando el laicismo ni comiendo curas. Piensan igual en asuntos vitales como la educación o el matrimonio. Y, por si faltara algo, ambos son gallegos, categoría étnica que no obliga a reunirse, ni a contarse chistes, ni a rezar juntos, pero crea vínculos de proximidad. Digo yo que algún consuelo espiritual como un buen lacón con grelos podían haberse tomado. Pero nada: solo se han visto en los funerales oficiados por el señor cardenal. Yo creo que no se quisieron ver para evitar que Rubalcaba sepa en qué momento el PP ha decidido hacer leyes que gustan a la Conferencia Episcopal.

Esa ausencia de contacto visible es lo que más me intriga, insisto, del cardenal que ayer cumplió su mandato al frente de la Iglesia española. El resto de su obra ha sido lo esperable en un vicario de Cristo. Lo que le ocurre a monseñor Rouco es que siempre tuvo enfrente a la progresía y él no hizo nada por caerle simpático. Al revés: sabía perfectamente que ahí no estaban sus feligreses y no se conoce ni un gesto de aproximación a ovejas tan descarriadas. De esa forma convirtió su apellido en sinónimo de dureza y se marcha siendo un perfecto representante del conservadurismo contundente, tanto en materia de fe como en materia de costumbres. Su oposición a la reforma del aborto que prepara Ruiz-Gallardón, y por las razones contrarias a las alegadas por la izquierda y las feministas, es todo un símbolo de esa intransigencia doctrinal.

Ahora le sucede por segunda vez Ricardo Blázquez, aquel que llegó a Bilbao definido por Arzalluz como «un tal Blázquez». Los manuales tópicos de recibimiento lo presentan como el anti-Rouco: más afable, más cara de cura de pueblo y más moderado. Digamos que se aproxima un poco más al perfil del papa Francisco, que es el cura más de pueblo que habitó el Vaticano. Pero ya verán el chasco que se van a llevar quienes piensan que, por tener más aspecto de bonachón, va a ser más tolerante que Rouco en cuestiones de dogma y principios. No lo esperéis, amigos progres. No puede disculpar el aborto, no dejará de condenar el relativismo de este tiempo, no puede dejar de evangelizar España, no puede ser laxo ante los diez mandamientos. Lo más parecido a Rouco es cualquier obispo que le suceda. Solamente cambia la cara y el gesto. Lo que ocurre ahora mismo, después de la experiencia de Francisco, es que parece que se ganan más fieles con el gesto que con la doctrina. Y ese es el reto de Blázquez.