Dramática disyuntiva: o pobres o arruinados

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

A John Kenneth Galbraith, con quien tuve el privilegio de compartir varias horas en la antigua redacción de La Voz de Galicia, le preguntaron un día qué era peor: la inflación o la deflación. Y aquel gigante -tanto en estatura intelectual como en talla física-, siempre campechano y socarrón, respondió a bote pronto: «La primera nos empobrece y la segunda nos arruina». El economista sabía de qué hablaba: su libro El crac del 29 constituye una precisa radiografía de la temible deflación que caracterizó a la Gran Depresión.

La acción de ambos depredadores, cuando se ceban con una presa, tiene efectos funestos. Si los precios suben velozmente y con desmesura, el ahorro se esfuma, la moneda se desinfla y el país pierde capacidad competitiva. El resultado se llama estanflación, un cóctel cuyos ingredientes son la inflación, el estancamiento económico y el desempleo. Alemania lo padeció, en su versión más letal, en los años veinte del siglo pasado. Lo ilustra el propio Galbraith: en el verano de 1923, un congresista estadounidense pagó por una comida en Berlín 1.500 millones de marcos y dejó una propina de 400 millones de marcos. En total, al cambio, menos de cuatro dólares. Basta la anécdota para explicar la obsesión germana, rayana en el pánico, por la inflación.

En las antípodas, la deflación puede ser todavía más cruel. Si los precios descienden de forma generalizada y persistente, los ingresos de las empresas disminuyen, la gente no consume a la espera de nuevas caídas de precios y olvídense ustedes de rebajar la montaña de deuda que nos aplasta. El círculo vicioso se retroalimenta, la parálisis productiva se acentúa y se acrecienta el ejército -ya colosal- de parados.

Como es de suponer, todos los países tratan de esquivar el peligro y de transitar por la lengua de tierra firme que discurre entre ambos precipicios. El BCE sitúa esa zona de seguridad en el entorno de un 2 % de inflación anual. Pero sucede que la eurozona, a causa de las políticas contractivas aplicadas, está peligrosamente escorada hacia la deflación: los precios solo subieron ocho décimas en el último año. Olivier Blanchard, economista jefe del FMI, acaba de encender todas las luces de alarma: «El riesgo de deflación, en especial en la zona euro, definitivamente existe».

La situación en España es aún más delicada. El IPC está estancando en tasa interanual. La congelación de precios denota la debilidad de la demanda: gente que no compra, emprendedores que no invierten y empresas que no producen. Baja inflación, le llama el gobernador del Banco de España, quien reconoce las «complicaciones» que de ello se derivan. Algo peor: el dato pone sordina a las fanfarrias que anuncian la recuperación. España flirtea con la deflación y balancea un pie en el abismo. Si resbala y se precipita al vacío, Dios nos coja confesados: la tercera recesión está servida. Pasaremos, siguiendo el dictamen de Galbraith, del empobrecimiento a la ruina.