Guerra

Carlos Agulló Leal
Carlos Agulló EL CHAFLÁN

OPINIÓN

07 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Algunas visiones, quizás pragmáticas quizás cínicas, sostienen que las potencias europeas, Estados Unidos y Rusia -aunque no solo- se han dotado de armas tan destructivas que es imposible que lleguen a utilizarse. El razonamiento se ha vuelto a escuchar estos días en el fragor de la tensión que se vive en Ucrania. Pero no hay que echar la vista muy atrás para entender que sobran motivos para la intranquilidad.

La caída del muro de Berlín contribuyó a aflojar de forma evidente las tensiones que vivía el mundo y, sobre todo, a que varios millones de personas se despojasen de los yugos que las asfixiaban. Pero aquello no fue, en realidad, el fin total de una guerra fría hasta entonces muy bien perfilada y en la que los enemigos se identificaban perfectamente. No terminó porque los movimientos por dominar los tableros -en los que las garantías de suministro energético son fundamentales- generan tensiones que van y vienen. Y no hay mejor combustible para alimentar la hoguera que apelar al sentimiento más primario de pertenencia a la tribu para tratar de ennoblecer lo que no dejan de ser intereses espurios.

Resuena de nuevo el nombre de Crimea, aquella guerra que se recuerda no tanto porque fuese la más cruel, sino porque ha quedado para la historia como la primera en la que los horrores fueron fotografiados. No es preciso remontarse tanto tiempo atrás. Todavía humea la barbarie de la antigua Yugoslavia, justo debajo de nuestra ventana. Cuando se cumplen cien años de la Primera Gran Guerra, en el umbral del siglo XXI, parece como si no hubiésemos aprendido nada del siglo XX.