El complejo proceso de cambio en Venezuela

Raúl Morodo DEBATE

OPINIÓN

02 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Desde hace ya quince años, Venezuela protagoniza un proceso político y social encaminado a una transformación de la sociedad y del Estado, por vía electoral y -hasta ahora- pacífica. Como todo cambio in fieri, provoca, desde sus inicios, adhesiones y rechazos, polarizaciones radicales y confusión. Aunque el caso venezolano tiene, sin duda, una singularidad compleja, ni es único, ni es excepción con respecto a otros países iberoamericanos: por el contrario, la idea de cambio/revolución se extiende en muchos de ellos. Por lo que se refiere a Venezuela, a su proceso sociopolítico se le denomina revolución en cuanto transformación genérica, y se le adjetiva bolivariana, que remite directamente a Simón Bolívar.

¿Cómo se ha plasmado el legado de Bolívar y del precursor Miranda en la Constitución de 1999 y con qué intencionalidad? En términos generales, el techo ideológico de este texto fundamental no responde a una concepción partidista unidimensional (liberal, socialista, comunista), sino que es una plataforma progresista amplia, con incidencia nacionalista e internacionalista. Asumiendo los supuestos clásicos del Estado de derecho se proyecta, como nueva etapa, hacia la transformación del Estado liberal de derecho en un Estado democrático de derecho y de justicia (art. 2), con el fin de establecer una sociedad avanzada más participativa y de inclusión social efectiva.

Por otra parte, hay una nota política de calado integrador que, en ciertos ámbitos, no se contempla suficientemente. Me refiero a la actualización del poder constituyente popular originario, fuente de la democracia moderna, y a su impacto en las sociedades iberoamericanas. En concreto, que la vía violenta para alcanzar el poder, planteamiento legitimador extendido durante décadas en casi toda América Latina, queda anulado y se asume explícitamente la vía democrática pacífica y electoral.

El tradicional bipartidismo ha dado paso a un nuevo esquema: han surgido nuevas formaciones y coaliciones, tanto en los sectores de la oposición como en los gubernamentales. En la Venezuela actual, el presidente Chávez objetivó una confluencia ideológica (reactualizando a Bolívar). El peculiar carisma comunicador de Chávez, muy identificado con las bases populares, ha llevado a creer, equivocadamente, que se trataba solo de un fenómeno pasajero. Sin embargo, esta creencia -«no hay chavismo sin Chávez»- ha resultado incierta: sigue existiendo en Venezuela una mayoría social-popular manifestada en todos los comicios realizados en estos años. Esto no significa que, al mismo tiempo, junto a esta mayoría no se encuentren amplios sectores que están ya muy cercanos en votos al chavismo y en conflicto permanente con el. Conflictividad consistente en una polarización abierta, conformando una variante más extensa de la que hablaba Bolívar: la «guerra de colores» (étnica, pero también social y política, con petróleo y en un mundo globalizado).

¿Caben salidas de flexibilización o hay que aceptar que la polarización, sin puntos de encuentro, se siga convirtiendo en una aporía griega, en cuanto problema inviable por su dificultad insoluble? Todos los grandes teóricos sociales enseñan que no debemos instalarnos en este mundo dogmático de las aporías y sí buscar encuentros. Para ello, existen las reglas de convivencia -legales y políticas-, que no tienen por qué hacer dejación de los principios finalistas de cada parte. En la actualidad venezolana, es más que posible que la Constitución sea un buen lugar de encuentro y que el legado simbólico, bolivariano o mirandino, lo sea también.

Las elecciones municipales últimas, con los resultados no cuestionados, pueden abrir un nuevo escenario. Por supuesto, si hay voluntad e imaginación y el lenguaje adecuado. Y, de esta manera, con los naturales tanteos, de táctica y estrategia, muy normales en polarizaciones arraigadas, los encuentros abiertos forman parte de la lógica y de la dialéctica políticas. En sentido figurado, se trata de exorcizar el maleficio de la guerra de colores, contra la que combatió Bolívar, y avanzar hacia el Estado democrático y social, y de justicia, en la Tierra de Gracia venezolana.

Raúl Morodo es ex embajador de España en Caracas.