El país y su presidente


El acontecimiento político de la semana, más o menos brillante, más o menos discutible, más o menos útil para salir de la crisis y el atasco institucional, ha sido el debate sobre el estado de la nación. Tiene más nombre rimbombante que resultados, pero es lo que hay. Pasada la hojarasca de palabras y metidos ya en la distancia ociosa del fin de semana, a este cronista le quedan por hacer dos reflexiones que van un poco más allá de la proclamación de ganador: cómo queda realmente el país después de las confrontaciones y cómo queda el presidente del Gobierno, cuya política y cuya fortaleza eran las sometidas a examen.

Opinión personal: el país queda, naturalmente, como estaba. Ningún debate político, salvo el de investidura, cambia la situación ni resuelve una crisis. Pero sí han variado algo las perspectivas: vamos hacia una gobernación sin consensos, el Gobierno se refugia más en la mayoría absoluta que lo sostiene, y la gestión promete ser un poco más próxima al ciudadano por razones electorales. Ello no impide que los ministros sigan en la macroeconomía, que les reporta elogios de Bruselas y resultados estadísticos. Es su filosofía. Vista la atención que Rajoy dedicó a los desprotegidos y cómo pasó de largo sobre las familias castigadas, se puede hacer una afirmación: o se crea empleo, o no habrá otra política social. Y, desde luego, lenta, lentísima recuperación. Y el gran asunto político, Cataluña, queda también como estaba: el Gobierno no cede, la tercera vía no encuentra su cauce por mucho que la propongan Duran i Lleida y Rubalcaba, y Artur Mas se dispone a sustituir el referendo por unas elecciones de las que salga un mandato de independencia.

¿Y Rajoy? Está pletórico, y se le nota. Ya vamos apreciando sus tonos y sabemos cuáles corresponden a decaimiento, tibieza o euforia. Ahora está en fase de euforia, porque puede decir que las cuentas básicas le salen y ya no hay ministros con cara de funeral como las que un día pusieron De Guindos y Montoro. Como guía para lo que queda de legislatura: va a gobernar sin mirar a los escaños de al lado. Cuenta con el respaldo absoluto de su grupo, que le critica durante todo el curso, pero le aplaude a rabiar en sus grescas parlamentarias. Siente un profundo menosprecio por las políticas de izquierda, que todas le parecen demagógicas y faltas de sentido común. Solo le conturba Rosa Díez, porque la líder de UPyD presenta iniciativas que hurgan en su electorado. Eso lo fuerza a levantarse cada mañana un poco más de derechas. Y, como líder de partido, tiene una obligación fundamental: no caer más en intención de voto. Esa será su mayor prioridad. Pero cuidado: diciendo siempre que no le mueve la intención electoral.

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