Dicen las crónicas que es más conocido por haber salido con Bar Rafaeli que por ser once veces campeón del mundo de surf. Conocido no sé, envidiado, seguro. Es Kelly Slater, que colecciona récords tanto como olas perfectas. Es, fácil, el jinete de las olas, el caballero de la espuma, la escultura humana sobre la naturaleza enfurecida. Es el ganador más joven del título, a los 20 años, y el mayor, a los 39. Ahora tiene unos estupendos 42 y sigue dando guerra. Es también una marca, claro. Es imposible estar en la cima y no ser una marca. La publicidad manda. Pero lo que más llama la atención de Slater, además de sus chicas, sus vídeos increíbles con sus proezas regateando la fuerza del mar, es que tiene criterio. No se limita a ser una pose. Habla y es crítico con sus Estados Unidos natales y su papel de policía del mundo. Y gusta escuchar a una figura así decir cosas con tanto sentido común como esta: «En todos los países hay mucha propaganda. Pero al final, y lo digo después de viajar mucho y conocer muchas culturas, la gente solo quiere comer, vivir bien y cumplir sus sueños». Slater sabe también cabalgar sobre las palabras.