Para afrontar el debate sobre el estado de la nación, Mariano Rajoy tiene dos opciones: el modelo Martul o el modelo De Guindos. La fábula del viejo profesor o el revisionismo del ministro. Examinemos ambas vías y veamos cuál de ellas conduce al presidente, impepinablemente, hacia el éxito.
La primera opción consiste en sacar pecho y remangarse para mostrar el bíceps que nos ha sacado del atolladero. A partir de ahí, el discurso está chupado. Yo fui quien cambió el rumbo de Europa. Gracias a mis reformas, «se acabaron la zozobra y el desasosiego» (los entrecomillados son autocitas presidenciales). No solo ahuyenté del país el fantasma del rescate, sino que, de paso, como aportación adicional, rebajé los humos a las primas de riesgo de Italia o de Portugal. Los mercados vuelven a confiar en la marca España. Lázaro se ha levantado y vuelve a andar. «Al final de la legislatura dejaré menos parados que Zapatero». Un par de alusiones a la calamitosa herencia recibida y fin de la cita.
(A quien no conozca las fábulas de Pedro Martul, le recomiendo consultar a Xesús Alonso Montero. Genial animador de tertulias, Martul contaba con toda seriedad y lujo de detalles que un día se presentó en las puertas del Kremlin exigiendo a gritos ver a Pepe. Y en cuanto los hieráticos guardias de palacio le preguntaron a qué Pepe se refería, él contestó con gesto ofendido: «¿E que Pepe vai ser? ¡Pepe Stalin, carallo!»).
La segunda opción de Rajoy consiste en imitar a su ministro De Guindos, quien acaba de cuestionar con dureza la terapia europea para combatir la crisis. Demoledora y sorprendente enmienda a la totalidad de las políticas aplicadas en la eurozona. El ministro, aunque no olvida que existían desequilibrios previos, las responsabiliza de duplicar la tasa de paro en Italia y de triplicarla en España. Las acusa de dar bandazos erráticos, pasando del estímulo expansivo a la austeridad compulsiva, y las culpa de que la recuperación llegue «con retraso con respecto a Estados Unidos y el Reino Unido».
Si yo fuera el Arriola de Rajoy -¡aparta, Señor, de mí ese cáliz!-, le aconsejaría elegir el segundo de los discursos. Dejaría a sus oponentes boquiabiertos y paralizados por el asombro, y se llevaría el debate de calle. El duelo al sol con Rubalcaba, que ayer anunciaba Xosé Luís Barreiro en estas páginas, sería cancelado por incomparecencia del pistolero. Seguro que este optaba por retirarse con disimulo, silbando al viento, e irse en busca de presas más fáciles como Wert o Gallardón. Porque si bien el modelo De Guindos tiene un gran boquete -omite la corresponsabilidad española en el diseño y aplicación de las políticas nefandas-, a ver qué guapo de la escudería de Zapatero se atreve a lanzar la primera piedra.