Los hermanos Coen son unos ganadores. Aunque en su cine hay de todo, lo cierto es que coleccionan Óscar y no faltan razones. Hablamos de los autores de cumbres como Fargo, El gran Lebowski, No es país para viejos o Valor de ley. Solo por Fargo o El gran Lebowski ya merecen el humo de los aplausos. Ahora lo han vuelto a hacer. Han volado alto con una película tristísima. Pero, a veces, la tristeza es bella y educa. Cuentan la caída de un cantante de folk en el Nueva York de los primeros sesenta. Es una caída muy peculiar. El artista en realidad cae del suelo hacia el subsuelo y más abajo todavía. Todo puede ir a peor. A propósito de Llewin Davis es un ejercicio de estilo, donde está todo el universo de los Coen en su plenitud. Los pasillos, los rostros increíbles de los personajes secundarios, sus vidas que parecen ensoñaciones. ¿De dónde sacan esas caras? Ellos querían filmar y firmar la balada de un hombre común, con guiño cruel a Bob Dylan incluido. Y lo han conseguido. Lo común es la derrota y eso es lo que le sucede una y otra vez a nuestro héroe del desastre, a ese cantante folk que interpreta Oscar Isaac a un nivel difícil de igualar. Esos ojos tristes, esa mirada caída como un tendal roto. Es alucinante cómo unos ganadores como los Coen han bordado esta película sobre la derrota. Sobre caer y caer y caer. La vida, a veces, es solo eso.