El imparable crecimiento de la bola de nieve

OPINIÓN

Deshagamos algunos entuertos. La deuda pública no es un mal per se. Como animal de compañía de todos los Gobiernos del mundo, su existencia resulta grata y provechosa, a condición de que el gatito no crezca desmesuradamente y se transforme en un tigre peligroso. Ocurre como con el vino, según la versión autorizada de un especialista: una bebida saludable en dosis adecuadas y una droga perniciosa en cantidades exageradas.

El problema consiste en determinar cuál es la dosis adecuada. En Maastricht se fijó su tope máximo en el 60 % del PIB. Se produjo el vendaval, aumentaron los gastos, disminuyeron los ingresos y todos los países reventaron aquel techo. España, que partía de unas finanzas públicas envidiables, inició una veloz escalada hasta encaramarse el año pasado en el umbral del 100 %. Es decir, las Administraciones públicas adeudan hoy cerca de un billón de euros, una cifra que equivale, grosso modo, a toda la riqueza que genera la economía española en un año.

¿Cómo y cuándo devolveremos ese dinero? Nunca. Los Gobiernos, a diferencia de las familias, no amortizan la deuda: simplemente la refinancian. Salvo que suspendan pagos o se declaren en quiebra, los países nunca ponen el contador de su deuda soberana a cero. Solo los superávits, como los registrados en España en vísperas de la crisis, pueden rebajar su volumen medido en euros. Lo decisivo, sin embargo, no son los euros que debemos, sino su relación con los euros que ingresamos. Si usted y yo debemos al banco cien mil euros cada uno, pero usted gana al año cien mil euros y yo menos de diez mil, parece fácil determinar quién de los dos está poco endeudado y quién al borde de la bancarrota.

Pues bien, la deuda pública española está adquiriendo una dimensión difícilmente soportable. Aunque su coste está bajando, al relajarse la prima de riesgo, el pago de intereses engulló el año pasado unos 36.000 millones de euros. Apréciese la magnitud de esa cifra: se acerca a todo el gasto nacional en educación y supera el 70 % de la recaudación por IVA. Un montón de dinero que supone un pesado lastre para la actividad productiva.

Más preocupante aún que la envergadura adquirida por esa bola de nieve es su rápido crecimiento. ¿Cómo frenarlo? Solo hay dos mecanismos que aligeran esa carga: la inflación y el crecimiento económico. Solo cuando la economía aumente a tasas superiores al déficit público -la fuente que alimenta al monstruo- se hará más liviana la carga. Seguiremos debiendo un billón de euros o más, pero nuestras espaldas serán más fuertes. Lo malo es que, a día de hoy, ni siquiera los videntes más optimistas avistan ese escenario.