Uno por dos son dos, uno por tres son cuatro


Así cantaban los niños en las viejas escuelas, en las que se les corregía cuando se equivocaban y se castigaba a los más revoltosos poniéndolos de cara a la pared. Esta nueva tabla de multiplicar rige sin embargo en la universidad con el mal llamado Plan Bolonia, que nació torcido desde su base, en el que la obsesión por planificar permitió generar el mayor caos académico conocido, amparado por una gigantesca maquinación burocrática. Y es que lo que consistía en medir por créditos, o sea horas, los tres niveles de la enseñanza superior, grado (o bachillerato), máster (o licenciatura) y doctorado, sirvió para desplegar una agenda oculta que nada tiene que ver con esto.

En los sistemas anglosajones se aplica una estructura con un grado generalista de tres años, que no da capacitación laboral y es previo al título de licenciado. Quedan excluidos de este sistema los estudios de Medicina, que poseen un doctorado propio, el MD, equivalente a nuestro título de especialista, al que se puede añadir o no el PhD, el consistente en elaborar una tesis. Y junto con ellos están excluidos los de Derecho, en los que no hay grado y tienen su doctorado específico, el DI, y por supuesto todas las carreras técnicas. ¿Cuál fue pues el despropósito?

En primer lugar aplicar a todos los estudios el sistema tripartito. Se intentó por parte del ministerio del señor A. Gabilondo que los 6 años de Medicina fuesen equivalentes a un grado de 3, y que el MIR fuese un máster de cinco años pagado por los médicos residentes. Si no fue así se debió a que el Ministerio de Sanidad dejó muy claro que los títulos de especialista los otorga él y no el de Educación, y que él regula el acceso al MIR. Medicina quedó así como grado+máster, para no dar el brazo a torcer, no queriendo reconocer que se trata de un estudio diferente, como los de Farmacia y Veterinaria. Los médicos hicieron valer sus derechos y se impuso la sensatez. Los juristas y los ingenieros, sin embargo, bajaron la cabeza y no defendieron lo que en el mundo anglosajón es evidente y aceptaron el grado y el máster como los demás profesores de a pie, que no tienen importantes colegios profesionales, como los de notarios, registradores, ingenieros, por no hablar de las asociaciones de jueces y magistrados. Alguna responsabilidad tendrán por su silencio.

Pero la cosa no acabó aquí. Y es que reducir las carreras de 5 a 3 años parecía mucho, porque se quería identificar grado con la vieja licenciatura, y entonces se creó el engendro de un curso general, o sea, el viejo COU, pero en la universidad, y un grado de tres años. Pero un curso general como el viejo selectivo de ciencias o los dos años comunes de letras eran inviables, y así se pasó a desnaturalizar el asunto exigiendo que una cuarta parte de las materias del grado no fuesen de su tema. Algunos grados las integraron así, pero en otros se aceptó que bastaba con que no tuviesen el nombre del grado. Así la lingüística, la crítica literaria o la teoría de la literatura colaron como materias no pertenecientes a la filología, y la lógica o la ética a la filosofía (¡claro, no tienen el nombre!). Al elevar el grado a 4 años, estudios que no necesitaban más que 3, como los viejos magisterios, se vieron igualados a las viejas licenciaturas. Y además el engendro del grado de 4 años, único en el mundo, se mejoró dotándolo de capacidades laborales en el papel con supuestas prácticas en empresas y casi con capacidad de investigación propia de algunos másteres. Así todo el mundo pasó a defender, en un ritual prolijo, patética imitación de lectura de una tesis doctoral, su trabajo de fin de grado, por ejemplo en educación infantil, siguiendo los mismos criterios que en matemáticas o física, pues el reglamento es común para todos.

La burocracia lo invadió todo, la pedantería se hizo la dueña de la universidad y con su jerga vacía se montaron todos los grados y másteres de España con un mismo modelo. En él se calculaban las necesidades del mercado de titulados, pero de mentira, se justificaba de mentira que se disponía de medios materiales y humanos para luego seguirlos pidiendo. Y sobre todo se montaron banales másteres de un año mucho antes de la implantación del Plan Bolonia porque daban mucho dinero. Excepto en honrosas excepciones, en esos másteres se mezclaron materias y muchos profesores se obsesionaron en impartir algo en ellos, no se sabe si para creerse anglosajones.

Los evaluadores de todo tipo con sus memorias que para todo valen pretendieron saber cuándo hacen falta unos estudios gracias a sus fórmulas mágicas, rayanas en la estupidez en algún caso. ¿Qué dirían ustedes de una fórmula matemática que permitiese cerrar una Facultad de Matemáticas única en Galicia? Quien no sepa lo que son las matemáticas y su importancia para todas las ciencias experimentales, sociales, económicas y para el conocimiento en general es un ignorante. Si cree saberlo con una ecuación, además es un petulante homologable a un farmacólogo que quisiese crear la pastilla que permitiese suprimir la farmacología. ¿Hay que hacer un estudio para saber lo que es un arquitecto? ¿No dice el sentido común que una misma universidad pequeña no puede tener dos facultades de derecho? Pues no, porque todo vale en el Plan Bolonia, en el que la lógica no es filosofía, las palabras cambian de significado, pero en el que la única verdad sólida es que en la universidad pública la absoluta discrecionalidad de quienes mandan es lo que crea una ilusión a la que llaman nueva realidad. ¿Habría que castigarlos a todos de cara a la pared? ¿Y ponerles unas orejas de burro, como a los antiguos escolares?

José Carlos Bermejo Barrera es catedrático de Historia Antigua de la USC.

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