El PP se ha propuesto convertir la reforma de la ley del aborto en un sainete constituido a base de reconstrucciones interesadas de la realidad. Paradójicamente, el único que parece decir la verdad es el vidrioso Gallardón, aferrado a un concepto ultramontano de mujer que convierte a las señoras en contenedores. Aunque, ojo, en su ley también hay dobleces de cinismo. Lo suyo sería que el ministro prohibiese directamente el aborto en lugar de abrir ventanucos a la doble moral por los que al final reptarán muchas mujeres a las que no sé por qué narices el sistema obligará a hacerse pasar por perturbadas para evitar un embarazo no deseado o incluso temerario. Afirmo sin miedo a equivocarme que el anhelo perpetrado esta semana por Villalobos lo comparte mucha gente en el PP. Garantizo que muchos de sus militantes, aquí en Galicia, desean que la ley emprenda un maratón de merodeos que la mantenga alejada del Congreso, una solución que les permitiría ser leales a lo que de verdad piensan sin tener que decir públicamente que no. Hagan la prueba: cada vez que un periodista requiere a un cargo del PPdeG para que se pronuncie sobre asunto tan medular, el cargo esboza ese tipo de respingo incómodo que solo alumbran las medias mentiras. El problema es que un partido que gobierna es algo más que la asociación de amigos del somormujo pequeño. Sus decisiones afectan a nuestras vidas, así que los señores del PP espantados con la reforma deberían recordar que si por el PP hubiera sido no habría divorcio, ni bodas gais, ni esa ley del aborto del 85 a la que hoy apelan para reclamar un consenso que ellos nunca buscaron.