Fuego amigo


Nicholas Kristof, columnista del New York Times, publicó anteayer esta historia en primera persona: un matrimonio le cuenta que su hija de 15 años desapareció en noviembre y temen que esté en manos de traficantes sexuales. Kristof les pregunta si han mirado en una conocida página de contactos, pero no tenían noticia. Kristof abre su portátil y encuentra a la niña en dos minutos. Lo ocurrido deja en mal lugar a mucha gente, empezando por la policía. Según el columnista, un millón y medio de jóvenes al año desaparecen de sus casas en Estados Unidos, y se estima que como mínimo cien mil caen atrapados en las redes del tráfico sexual. Kristof pide que se le dé al problema prioridad nacional.

Un desastre de tal escala no es posible sin la connivencia de muchos implicados: desde los clientes hasta las autoridades más altas, pasando por la policía. Pero parece que este no es un mundo para niños. Esta misma semana se aprobó la eutanasia infantil en Bélgica, el país en que años atrás se descubrió la mayor red de pedofilia europea. Vistos los abusos de la eutanasia en Holanda, denunciados incluso por sus partidarios, los niños belgas enfermos tienen derecho a asustarse. Como algunas feministas radicales que ahora descubren atónitas que por las rendijas de las leyes abortistas se cuela también la selección de hijos en función del sexo. Es decir, sirven para deshacerse de las niñas: una práctica común en China y la India que ya se ha introducido en Europa.

El mal produce efectos incontrolables y a menudo se comporta como el fuego amigo en las guerras: mata a los tuyos.

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