Hace ya muchos años, cuando Estados Unidos montó bases en España y a cambio prestaba asistencia militar, un oficial de la Navy que pasó largo tiempo entre nosotros se sorprendía por la naturalidad con que todo el mundo encajaba que algunos marineros de reemplazo cumpliesen su mili al servicio particular de familias de oficiales. Los marineros agradecían esos destinos en los que, a cambio de llevar a los niños al colegio, hacer la compra o preparar los aparejos para tardes de pesca recreativa de sus jefes, se ganaban unas largas temporadas de permiso. Por fortuna, hoy eso es impensable. Si a algún jefe se le ocurriese mandar al chófer a recoger a su mujer a la partida de bridge le sucedería lo que decía el americano que le pasaría a él. Se quedaría sin empleo.
Pero estamos viendo que no en todos los ámbitos se ha producido ese saludable cambio de hábitos. Nos escandalizan, como es natural, las multimillonarias cuentas de Bárcenas en Suiza, pero somos muy tolerantes con los pequeños regalos (o medianos... o grandes) que por lo que se está viendo reparten a diestro y siniestro entre cargos públicos empresas cuyo negocio revolotea en los alrededores del poder.
Qué magnífica ocasión para hacer propósito de enmienda. Incluso en los ámbitos privados en los que la influencia acaba siendo una mercancía valiosa. No debería ser objeto de titulares en los periódicos que un alcalde devuelva amablemente un regalo de Navidad que recibe de una empresa o que prohíba a sus concejales aceptar las dádivas. ¿Exagerado? Nadie se corrompe por un par de botellas de vino, pero mejor si cada uno se compra las suyas.