Simplemente Pokémon

OPINIÓN

Tras muchos meses de secreto selectivo, en el que solo se filtraban las trapalladas que desprestigiaban y herían a los imputados, indignaban a la parroquia e inundaban de hedor el panorama de la crisis, la llamada operación Pokémon -un nombre banalizador y chungo donde los haya, que también debería investigarse- empezó a llegar por entregas a los abogados y a la prensa. De momento nos aseguran tres, pero no hay nada que impida que el siguiente descubrimiento se subdivida en varios números, o que se sigan escribiendo fascículos mientras el pueblo consume y digiere tan abundante paja y tan escaso grano.

Al rebautizar este macroproceso como Simplemente Pokémon, con la torcida intención de ponerlo en paralelo con los 96 episodios de Simplemente María que vendió Celia Alcántara entre 1972 y 1974, tengo la esperanza de que mi ingenio sirva para situar al lector del sumario y de sus críticas en el clima hermenéutico más propicio para su comprensión, y para evitar que el rancio lenguaje procesal, que nació para hacer solemne y sustantiva la plasmación de las miserias cotidianas, impida llegar al fondo del asunto.

Sobre la sublime perfección de mi denominación solo diré cuatro cosas. Que, además de evidenciar el nivel literario de los protagonistas involuntarios de la novela, también da testimonio veraz del nivel de los intercalados y acotaciones escénicas que sistematizan su magro argumento. Que deja bien claros los horizontes temporales de este incidente procesal sobre la política de Galicia, motivo por el que también barajé otra novela rosa -Lo que nunca muere- como agudo alias de la Pokémon. Que desde el punto de vista de la pedagogía social y de la transparencia democrática no cabe esperar que este Espasa serodio e inesperado avance nada, porque cuando llegue a los quioscos al episodio 96 difícilmente vamos a recordar por dónde hemos empezado, ni cuál era la identidad de esta Santa Compaña de imputados que deambula por Galicia entre lastimeras salmodias. Y que para captar la atención de la gente, y contagiarle modas, lenguajes y estilos, es mucho mejor la literatura barata de los fascículos que las Empresas Morales de Juan de Borja o la sublime agudeza de Gracián.

Claro que, cuando hablo de estas cosas en la taberna, siempre hay quien me reprocha -«¡hombre, algo más habrá!»- tan incívico escepticismo. Y ahí reconozco que me pillan. Porque yo también estoy seguro de que algo más debería haber, y de que al menos un poquito estoy exagerando. Pero nunca sabré de verdad hasta dónde hay y hasta dónde exagero. Porque si en 1972 no leí Simplemente María, porque era un joven progre y contestatario, tampoco voy a leer ahora Simplemente Pokémon, porque soy un viejo muy autónomo que ya no tiene humor para eso. Así que ni Simplemente María, ni Simplemente Pokémon. ¿Seré un nini?