La infanta no es la Corona

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

08 feb 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

¿Exageración o lógica informativa? Creo que lógica informativa. Es la primera vez que se ve a una infanta de España llegar al juzgado como imputada. Es la fecha más esperada por unos, deseada por otros y temida por los monárquicos desde que estalló el escándalo Urdangarin. Es la explosiva conjunción de interés público, expectativa política y de buena parte del morbo nacional. Para gran parte de la opinión, es la gran prueba de la solidez de la monarquía, porque de hoy dependen muchas cosas. Guste o no guste, la familia real no quedará igual de robusta si la infanta sigue imputada después de su declaración. De hecho, ya sufrió duramente el impacto de los escándalos y las ambiciones del yerno.

Por eso creo que las escenas que veremos este sábado, con el añadido de los programas especiales que anuncian algunas televisiones, me parece oportuno hacer alguna anotación personal.

La primera es que, si hay algún culpable en esta escenografía, es la propia doña Cristina o su equipo de asesores legales. Si hubieran tenido la intuición de prever los acontecimientos y prestarse a declarar de forma voluntaria antes de que la instrucción avanzase hasta donde quería llegar el juez Castro, se habría evitado este espectáculo y se habría dado un ejemplo de transparencia y de colaboración con la Justicia.

La segunda, que es deseable que el llamado paseíllo, aunque sea corto y en coche, no se convierta en un circo mediático ni en un patio que recuerde escenas de la Inquisición. La justicia es igual para todos, pero las reacciones del público no lo son. Quienes se acercan a ese juzgado no solo van movidos por la curiosidad de ver a una persona de renombre, sino a humillarla y quizá con peligro para su integridad física. Las medidas acordadas por la policía son razonables, porque no estamos solo ante un acto de justicia, sino de seguridad de una persona que puede ser juzgada, pero no condenada previamente por una parte de la sociedad.

Y la tercera, que estamos ante un dificil desafío: deslindar la posible responsabilidad de la infanta de los efectos sobre la Monarquía. El daño ya está hecho. Hoy se agrandará por la difusión de las imágenes en medio mundo. Es un momento doloroso para los padres de doña Cristina, como lo sería para cualquier padre o cualquier madre cuya hija tuviese que pasar ese trance. Entiendo que hay que disponerse mentalmente a contar con lo peor, pero entiendo también que es precisa una distinción trascendente: la infanta es hija del rey, por supuesto. Sus peripecias judiciales afectan y contaminan a la familia real; pero la infanta no es la Corona ni la heredera de la Corona. O tenemos clara esa distinción, o se hará más profunda la crisis institucional.