El problema de la corrupción en este país, uno de los más corruptos del mundo, ya no es que exista, que también es grave. Es que la amparamos. Somos muy indulgentes y permisivos con ella. No vaya a ser que nos creemos enemigos. Y la amparamos hasta tal punto que no dudamos en cuestionar el trabajo de la Justicia con tal de defender a aquellos que consideramos amigos.
El descaro es tal que defendemos la corrupción desde el Parlamento, los Gobiernos y los partidos. Estamos en el todo vale. Cuando un presidente defiende a su contable pirata; cuando un partido pone la mano en el fuego por su alcalde o cuando un creador de opinión juega con las intenciones, lo que estamos haciendo es promover a los corruptos. Hacernos el ciego ante los papeles, las grabaciones, las fotografías y las confesiones. Como si no existieran. Y sobre esa base trazar un argumento que lleva a aseverar que lo que nos dicen esos documentos, papeles y grabaciones, son un creativo y original invento de los investigadores.
Es cierto que este país necesita de profundas reformas. Pero la prioritaria es una reforma ética. Radical. Empezando por todos estos complacientes y amparadores. Porque estamos a punto de que nos devoren los escombros y la basura.