Primos hermanos, primos lejanos


Francisco Carantoña Dubert fue sin duda uno de los grandes periodistas gallegos del siglo XX, aunque jamás ejerció en Galicia y su figura apenas sea conocida aquí. Nacido en Muros en 1926, la profesión de su padre, funcionario de prisiones, convirtió su infancia en un peregrinar por diferentes capitales españolas como Granada, Oviedo, Valladolid o Guadalajara, hasta que en edad universitaria aterrizó en Madrid para estudiar Químicas. El joven Carantoña congenió bien con los elementos de la tabla periódica, y llegó a reengancharse como profesor ayudante en la cátedra de Química Inorgánica, pero al mismo tiempo descubrió la Escuela de Periodismo y fue infectado por el virus de contar lo que pasa en el mundo. Ya como redactor, trabajó en el semanario El Español y como redactor jefe en Motor Mundial, y a los 28 años la Dirección General de Prensa del Movimiento lo nombró director de El Comercio de Gijón.

Frente al Cantábrico, Carantoña encontró su lugar en el mundo. Rechazó ofertas para regresar a Madrid, entre ellas la de un joven Adolfo Suárez que siendo director general de RTVE se lo quiso llevar como jefe de informativos. Modernizó el periódico, lo convirtió en una institución local y él mismo acabó siendo uno de los grandes personajes gijoneses del siglo XX. Ávido lector de amplísima cultura, gran estudioso de Jovellanos, fue muy amigo de pintores como Nicanor Piñole, Orlando Pelayo o Rubio Camín, con quienes colaboró desde el periódico y también en su faceta literaria.

Quienes trabajaron con él lo recuerdan como un director de mando en plaza, entrañable aunque de apariencia feroz, con arrebatos coléricos compatibles con su reconocida timidez, trabajador y leal compañero, impermeable a las presiones externas. En sus 41 años al frente, el periódico no tuvo editorial: un comentario firmado por F. Carantoña era más que suficiente para hacer temblar cada mañana los cimientos de la ciudad. Además, escribía una pequeñas joyita diaria bajo el seudónimo de Till sobre cualquier tema, pintura, el tráfico portuario, el Sporting o lo que cuadrara, en la que no dejaba títere con cabeza. Y como hobby también se solía ocupar en persona de cerrar las páginas de Extranjero, las que más le gustaban del diario.

Pero pese a que se fue de niño, y a que apenas vivió en Muros, Carantoña nunca olvidó a Galicia. Su madre, Genoveva Dubert, enviudó joven y se afincó en A Coruña, de modo que los viajes del periodista, a visitarla a ella primero y a veranerar en Muros después, acabaron convirtiéndose en un pequeño género del periodismo gijonés, que quedó recopilado en sus dos libros gallegos: Memorias del peregrino Till y Viajes a tierras de Finisterre. Un periodismo casi de aventuras, porque avanzada la segunda mitad del siglo pasado, la travesía entre el centro de Asturias y A Coruña aún duraba alrededor de siete horas.

Durante décadas, Carantoña relató el largo camino hacia lo que él llamaba «el lejano oeste». Los atascos en Avilés primero y en el Semáforo del Cantábrico después, la primera parada para tomar el pincho en Casa Fernando, en Ballota, las 26 curvas que había que padecer para entrar en Luarca, la diabólica subida de Mondoñedo cara A Xesta, la interminable recta chairega entre Abadín y Vilalba, salvo que la nieve obligara a desviar la ruta por Vegadeo y Meira, para llegar a Vilalba por la recta de Tumbo, aún más larga. Los lectores de Carantoña no comenzaban a saborear la primavera hasta que Till no anunciaba que las camelias de Querúas habían empezado a florecer.

Desde su atalaya gijonesa, el periodista muradano clamó en ese desierto imaginario que siempre ha sido la frontera mental entre Galicia y Asturias. Porque, aunque seamos primos y hermanos, siempre hemos sido habitantes de planetas diferentes. Vecinos que viven de espaldas y se miran de reojo, no con demasiada confianza.

De los asturianos debemos admirar su respeto por el medio ambiente y su criterio urbanístico, esa sensación que, como alguna vez ha comentado Xerardo Estévez, se tiene cada vez que cruzamos el Puente de los Santos y parece que se ensancha la carretera y se colorea el paisaje. También su enorme conciencia social, su patriotismo unánime e inocuo, su orgulloso sentido de la memoria, su capacidad de generar y llevar a cabo con éxito ideas colectivas, el respeto por los sectores primarios y su habilidad para modernizarlos, el gusto por el buen vivir...

Asturias codicia nuestro desbordante talento creativo, nuestra capacidad para trabajar duro en cualquier lugar del mundo, nuestro tejido industrial, nuestro Amancio Ortega. También nuestra historia de resistencia, la forma en que hemos sido capaces de agarrarnos a las raíces geográficas y culturales. Y sobre todo los asturianos homenajean al perro de Pavlov cada vez que recuerdan la última escapada gallega, y le ponen una vela a San Froilán para que surja pronto el próximo pretexto para venir a comer el pulpo.

Dos planetas. Casi dos galaxias si hacemos caso a unos estereotipos, el gallego de la escalera y el asturiano alborotado, que se cumplen más de lo que nos gusta reconocer. Primos y hermanos que, no obstante, sí hemos compartido ese pecado original que lamentaba Carantoña de mirar demasiado hacia la Meseta y olvidar el eje atlántico, también a la hora de reivindicar y planificar infraestructuras de transporte. De apostar todas las fichas al número de las comunicaciones interiores, en las que siempre seremos periferia, y olvidar el océano y la condición de puerta de entrada a Europa, que nos convierten en centro del mundo, a medio camino entre Silicon Valley y Bangalore.

Hasta su muerte en 1997, con 71 años, y solo dos después de jubilarse, Carantoña reivindicó la Autovía del Cantábrico como la gran espina dorsal de Asturias y Galicia, la herramienta indispensable para convertir el noroeste de la Península en una verdadera euro región. Los políticos, que temblequeaban cuando escribía veinte líneas sobre cualquier asunto menor de la vida local, no le hicieron demasiado caso en su gran anhelo por acercar sus dos patrias. En vida del periodista muradano apenas se construyeron la primera variante de Avilés, los viaductos de doble sentido de la zona de Luarca y el Puente de los Santos. Pero, aunque sea tarde, al final todo llega. Así que hoy es un gran día para brindar por la memoria de don Fransico Carantoña, por todos los gallegos y asturianos que durante décadas sufrieron y disfrutaron de una de las carreteras más duras y bellas del mundo, y por todos los que, como él, no somos de una ribera del Eo ni de la otra, sino que amamos por igual a las dos, de la misma manera que se quiere a un padre y a una madre.

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