Primos hermanos, primos lejanos

Tomás García Morán
Tomás García Morán LEJANO OESTE

OPINIÓN

03 feb 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Francisco Carantoña Dubert fue sin duda uno de los grandes periodistas gallegos del siglo XX, aunque jamás ejerció en Galicia y su figura apenas sea conocida aquí. Nacido en Muros en 1926, la profesión de su padre, funcionario de prisiones, convirtió su infancia en un peregrinar por diferentes capitales españolas como Granada, Oviedo, Valladolid o Guadalajara, hasta que en edad universitaria aterrizó en Madrid para estudiar Químicas. El joven Carantoña congenió bien con los elementos de la tabla periódica, y llegó a reengancharse como profesor ayudante en la cátedra de Química Inorgánica, pero al mismo tiempo descubrió la Escuela de Periodismo y fue infectado por el virus de contar lo que pasa en el mundo. Ya como redactor, trabajó en el semanario El Español y como redactor jefe en Motor Mundial, y a los 28 años la Dirección General de Prensa del Movimiento lo nombró director de El Comercio de Gijón.

Frente al Cantábrico, Carantoña encontró su lugar en el mundo. Rechazó ofertas para regresar a Madrid, entre ellas la de un joven Adolfo Suárez que siendo director general de RTVE se lo quiso llevar como jefe de informativos. Modernizó el periódico, lo convirtió en una institución local y él mismo acabó siendo uno de los grandes personajes gijoneses del siglo XX. Ávido lector de amplísima cultura, gran estudioso de Jovellanos, fue muy amigo de pintores como Nicanor Piñole, Orlando Pelayo o Rubio Camín, con quienes colaboró desde el periódico y también en su faceta literaria.

Quienes trabajaron con él lo recuerdan como un director de mando en plaza, entrañable aunque de apariencia feroz, con arrebatos coléricos compatibles con su reconocida timidez, trabajador y leal compañero, impermeable a las presiones externas. En sus 41 años al frente, el periódico no tuvo editorial: un comentario firmado por F. Carantoña era más que suficiente para hacer temblar cada mañana los cimientos de la ciudad. Además, escribía una pequeñas joyita diaria bajo el seudónimo de Till sobre cualquier tema, pintura, el tráfico portuario, el Sporting o lo que cuadrara, en la que no dejaba títere con cabeza. Y como hobby también se solía ocupar en persona de cerrar las páginas de Extranjero, las que más le gustaban del diario.