Hace ya muchos años, no recuerdo muy bien cómo ni por qué, di con mis huesos en el castillo de Vimianzo. En aquellos otoños de la infancia, con los días cortos, lluviosos y fríos, a veces caía alguna excursión de fin de semana. Ahora los niños se resguardan de las borrascas en los parques de bolas, hinchándose de gusanitos. El caso es que creo que volvíamos del faro Vilán y, de vuelta hacia Santiago, aparecimos en aquel fortín. Uno habría imaginado un caballero o una princesa cautiva en una mazmorra, pero el paso del tiempo, que todo lo aclara, suele desmoronar las fantasías más hermosas de la infancia. Así que allí dentro, para mi asombro, lo que había era un grupo de señoras mayores sentadas en sus sillas, moviendo al tuntún los dedos y componiendo una espontánea sinfonía de cascabeles. Una decepción. Uno entraba en un castillo para jugar y acababa viendo a un grupo de abuelas haciendo no se sabe qué. Con el tiempo supe que eran encajes, una forma de arte. Resulta asombroso que se pueda bordar algo a esa velocidad, manejando tantos y tantos bolillos a la vez. Mi amigo y compañero Nacho Mirás, como si hubiera importado esas técnicas, viene desde hace tiempo haciendo algo parecido en su blog. En su lucha contra el cáncer, se ha inventado una suerte de tratamiento que va camino de revolucionar la oncología. Y que tiene perplejos a muchos. Yo lo llamaría crónicoterapia y constituye también una especie de encaje de bolillos. En las circunstancias más adversas, moral y físicamente, todos los días, y a una velocidad pasmosa, Mirás nos entrega un bordado en la Red. Así que yo me imagino a Nacho, allá arriba, en la parte superior del castillo de Vimianzo, sentado junto a las palilleiras con su portátil. Y mientras las mujeres de Camariñas balancean los bolillos de forma mareante, Mirás golpea, al mismo tiempo, las yemas de los dedos contra las teclas. El resultado viene a ser lo mismo: una forma de arte. Y ya se sabe, querido Nacho, desde allí arriba, desde una fortaleza, se combate mucho mejor al enemigo.