Si yo fuese el boss de Pemex, o su asesor áulico, utilizaría el solemne estilo de las cancillerías clásicas para adjudicar los famosos floteles. Aunque, teniendo en cuenta que el maná viene del Caribe, y que la ampulosidad de Hernando del Pulgar o del cardenal Cisneros se adecúan muy poco al lenguaje de los medios, me inspiraría en Antonio Machín para comunicarle a Feijoo sus dos contratos: «Dos floteles para ti / con ellos quiero decir: / te quiero, te adoro, mi vida». Con esta pieza, que entra de lleno en los cánones de la comunicación populista, dejaría la resolución perfectamente motivada, compensaría la angustia generada por los sucesivos retrasos de este enorme brote verde, y le haría justicia al único hombre -el presidente de la Xunta- que creía firmemente en este milagro, y a cuya fe hay que atribuirle la evidente eficacia del resultado.
La idea de que los contratos llegan con retraso, y que difícilmente van a servir para resolver definitivamente el problema del sector naval en Ferrol y Vigo, no me parece apropiada para un comentario de urgencia, y en modo alguno debe empañar el éxito que acaba de cosechar Alberto Núñez. Porque, sin negar que esta carga de trabajo no pasa de ser un remedio coyuntural, y que exigió algunas contrapartidas tan importantes como la entrega casi regalada de Hijos de J. Barreras S.?A., también es verdad que este asunto, con sus burlas e incredulidades -de las cuales participé yo mismo-, se acabó conformando como un pulso dramático entre Feijoo y el destino, entre los que tenían fe y los incrédulos, y entre los que estaban convencidos de que estas cosas se resuelven mendigando por los rascacielos de las multinacionales y los que pensábamos que el modelo de construcción naval de Galicia ya está agotado y necesita otra reconversión. Y planteado así, e imaginando lo que hubiese pasado y lo que hubiésemos dicho si los floteles acabasen en Corea, no es razonable ni honrado escatimarle al presidente su éxito total y sorprendente.
Y esto que digo, y que me aplico a mí antes que a nadie, vale también para los partidos de la oposición, para los sindicatos y para los que ahora dicen que fue la presión popular -y no el liberalismo globalizado del PP- el que nos dio tan agradable victoria. Así que rindámonos dignamente y reconozcamos que hay en el mundo ciertas habilidades de las que no todos estamos dotados. También es cierto que dentro de dos años podemos andar por donde solíamos. Pero para decir eso, y cantar otros romances, habrá tiempo de sobra. Ahora solo procede recordarle al presidente que debe perseverar. Porque Pemex también va a lo suyo y puede dar media vuelta. Y no estamos libre de que «? si un atardecer / los floteles de mi amor se mueren / es porque han adivinado / que tu amor se ha marchitado / porque existe otro querer». Amén.