La conservación del patrimonio urbano y arquitectónico no es una de las virtudes que nos adornan. No hay más que dar un paseo por los cascos históricos de algunas de las villas y ciudades de Galicia para comprobarlo. Más de mil edificios en ruinas se estimaba hace ya casi un año en un documentado trabajo publicado por La Voz. Y uno de los lugares en los que con más saña se ceba el abandono es Ferrol, y de forma singular el barrio de Ferrol Vello. De nuevo caen los cascotes y las autoridades se ven en la necesidad de desalojar edificios y cerrar calles para evitar riesgos.
El entramado medieval que dio origen a la ciudad moderna cuando los ministros ilustrados de los Borbones eligieron Galicia para construir y albergar la flota está tocado de muerte. Tras muchos años de abandono, con una mezcla de desinterés público y la especulación agazapada a la espera de la presa, se da la paradoja de que la declaración como bien de interés cultural se presenta como una de las causas del retraso de la regeneración de la zona. Aunque dado el largo historial de la ruina no parece un argumento definitivo.
Resulta especialmente chocante que sea la fachada marítima de la ciudad la que es engullida por los escombros. En otro lugar sería una valiosa joya urbanística, aun con todas las limitaciones conservacionistas. Ferrol busca el oxígeno que le permita sobrevivir al hachazo naval, y el turismo puede ser una vía. Su Semana Santa acaba de recibir la declaración de fiesta de interés internacional y en junio acogerá un importante congreso sobre turismo industrial. Pero sin regeneración urbana es difícil que cuaje todo lo demás.