Los gritos y el silencio

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

Siempre se sabe dónde hay españoles en el extranjero por el volumen. No hablamos. Gritamos. Y si estamos en grupo (o en familia) es peor. Se nota mucho en los restaurantes o en las tertulias de la televisión. En cualquier otro país, la gente se comporta en las mesas con un exquisito volumen bajo, sin necesidad de compartir sus opiniones con el resto del local. No sucede aquí. Da igual Madrid que Santiago o Barcelona. Aquí siempre hablamos para los de la mesa que está más al fondo, cuanto más alejada, mejor. Con la irrupción de los móviles, esa costumbre la hemos llevado a estos aparatos. Así que ahora no hace falta que estemos en grupo para hablar a gritos. Solo necesitamos que alguien nos llame al móvil para expresarnos sin cortarnos. Nos es lo mismo estar en un mercado, en una tienda, en un vagón de metro o de tren, todos los que nos rodean se enteran en seguida de todo lo que nos pasa. Es una forma de expresividad que, en realidad, choca con las buenas maneras. Cada vez es más impagable el silencio. Tanto que, como sigamos por este camino de ruido, el primero que invente unas pastillas o caramelos que contengan silencio se va a forrar. Esta manía de elevar el sonido puede tener que ver con la estéril creencia de que lleva la razón el que más grita.