Rosendo Salvado: un gigante invisible tras los eucaliptos


Este año, el día primero de marzo, se cumplen doscientos años del nacimiento de Rosendo Salvado en la ciudad de Tui. Cuando pregunto por él a amigos y conocidos compruebo que de conocer su existencia esta queda asociada a ser el monje que trajo los primeros eucaliptos australianos a Galicia. Y -casi siempre- poco más. Es por eso que creo que Rosendo Salvado lleva dos siglos sepultado bajo una gigantesca montaña de ramas y hojas de eucalipto.

Quien esto escribe no es defensor del abuso que se viene haciendo de esa especie forestal en Galicia. Baste decir que a realizar una crítica del mismo dediqué mi tesis doctoral. En cualquier caso, no está claro si las semillas que envió Rosendo fueron las primeras y sí lo está que no fueron las únicas que llegaron a España, según ha investigado Francisco Díaz-Fierros, gran divulgador de su figura entre nosotros. Por lo demás es obvio que nuestro personaje no puede ser responsable del abuso que luego se hiciese de tal especie. Tampoco soy un católico practicante (si acaso de mayor llegaré a ser agnóstico) y hablamos de un singular benedictino, abad y obispo.

No obstante, creo que Rosendo Salvado es un gigante porque dedicó su vida (entre los años 1846-1899) a demostrar, con hechos tangibles, que los aborígenes australianos eran tan humanos como los europeos y que por serlo no merecían el prosaico destino de los animales salvajes. Esa fue su tarea en Australia; el eucalipto, una mera anécdota.

En el momento de su llegada a aquel gigantesco país los negros aborígenes estaban siendo desplazados de sus tierras por colonos europeos que las acaparaban para la ganadería. Como quiera que se trataba de tribus cazadoras-recolectoras, que llevaban no menos de veinte mil años con ese régimen de vida, la irrupción de esos colonos recién llegados trastocaba todo su mundo, diezmando su población. Ni las autoridades inglesas de la colonia, ni las sucesivas órdenes religiosas que lo intentaron conseguirían transformar a los negros australianos de cazadores en ganaderos, de recolectores en agricultores. Solo en la misión y monasterio levantados por Rosendo en Nueva Nursia se pudo comprobar que aquellos presuntos salvajes eran en realidad pueblos con una cultura milenaria perfectamente adaptada a su territorio, que eran capaces de asimilar la cultura occidental (idioma, lectura, música, tecnología, etcétera) y que podían ser hábiles agricultores o ganaderos en sus tierras.

Del carácter excepcional de tal empeño baste anotar aquí el reciente reconocimiento, en el año 2007, por parte del Gobierno de Australia para con la tarea humanística y social de este gallego universal. Para el éxito de esa tarea tuvo que ganarse la complicidad de las autoridades protestantes de la colonia y, al tiempo, sortear las dificultades que le plantearon tanto los obispos católicos de aquella diócesis de Australia Occidental como las autoridades de Roma para las misiones. Salió airoso de todo ello gracias a su inteligencia y voluntad, junto a sus relaciones directas con papas y reyes. Lo que le obligaría a realizar múltiples viajes oceánicos cuando cada uno de ellos ocupaba, ida y vuelta, medio año de navegación. Un gallego que se movía por las Islas Británicas, Francia, Italia, España o Australia como por su propia casa.

Para divulgar esta gigantesca tarea, tan injustamente oscurecida por los eucaliptos, este diario distribuirá el próximo día 1 de marzo una breve crónica (dentro de su Biblioteca Gallega) ilustrada con las fotografías que en aquellos años realizó su propio hermano, Santos Salvado. La crónica de unos hechos que, como solo en muy contadas ocasiones sucede, aún hoy honran a quienes nos reclamamos sus paisanos.

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