Cuando los niños emprenden la irritante cantinela del me aburro, conviene tranquilizarse y calcular que no hay estímulo creativo más poderoso que el tedio. Hablamos de criaturas que apenas levantan un metro del suelo, porque cuando la murria la confiesa un gichiño hecho y derecho procede ponerse alerta; en ese caso el hastío suele ser el síntoma más apreciable de un gran cínico. A Felipe González, un ciudadano indignado le cantó las cuarenta el jueves, pero el tramo inquietante del show lo protagonizó el propio González, que por algo ejerce de vedette en la zarzuela esta de la crisis. El expresidente sabe colocar bien la lengua en un país en el que Ana Mato ha llegado a ser ministra, así que cuando trina Isidoro las aguas se abren. Adulado por tanto jabón, Felipe se sintió libre, se desparramó en la tribuna y confesó: «¡Me aburro!». ¿Y de qué está aburrido este buen hombre? Pues del consejo de administración de Gas Natural, del que cobra 125.000 euros y en el que al parecer pretendía hacer un master premium en energía, aunque ahora considera que hubiese aprendido mucho más como asesor de empresas ¡con domicilio fiscal en las Caimán! Esto proclamó González, con la displicencia relajada que solo atesoran los frescos. Quizás quienes siguen ubicando al expresidente en el tramo ideológico de la izquierda hubiesen deseado que sus sopores tuvieran otra inspiración. Porque mira que hay motivos para el hastío. Cansancio de la crisis, de la desigualdad, de los aprovechados, de los malos que pasan por buenos, de los corruptos y hasta de los burros. Aunque una de las cosas que más aburrimiento produce es escuchar a Felipe cuando confiesa que se aburre.