Parece ser que existe un gran descontento con las fechas de exámenes en la Universidad gallega, a juzgar por la reacción tan favorable de los lectores al artículo de Roberto L. Blanco Valdés publicado en este periódico hace unos días (El despropósito de los exámenes de enero). Creo que se toman las fechas de exámenes como chivo expiatorio de un malestar general con la situación de la Universidad. Me encontré hace un par de días con un exdecano de mi facultad y me dijo: «¡En qué buena hora te jubilaste!». Un comentario que escuché repetidamente en los últimos meses y que denota una atmósfera de desencanto.
La adecuación de las fechas de los exámenes hay que enjuiciarla en relación con otras muchas variables. Está relacionada con el número de materias que hay que cursar (¿excesivas?) y la naturaleza de estas (por ejemplo, con el hecho de si se han establecido para satisfacer a los departamentos y profesores universitarios o a otras necesidades más justificables); con la motivación y condiciones de estudio de los estudiantes; con las expectativas laborales de estos; con sus hábitos de trabajo escolar; con los contenidos de los exámenes; con la preparación y carrera profesional de los docentes; con los continuos rumores de reformulación del mapa de unas titulaciones que se acaban de implantar, etcétera.
No se puede dar la impresión, creo, de que los estudiantes necesitan descansar más que otros trabajadores. ¡El trabajo escolar de los universitarios es, comparativamente, un trabajo privilegiado! Tenemos evidencia de que trabajan menos horas de las que ellos dicen trabajar, según pudimos comprobar en los cursos que llevamos a cabo de cómo estudiar en la Universidad. Tampoco se puede dar la impresión de añorar los atracones de estudio en los días previos a los exámenes, porque un estudio distribuido en el tiempo es mucho más eficaz que uno en masa. No se trata de vomitar unos contenidos en los exámenes, sino de demostrar que se han digerido, asimilado, procesado profundamente, de modo que den lugar a competencias (a unos aprendizajes integrados y aplicables en el mundo de hoy), lo cual requiere un tiempo. Congruentemente, como señala Blanco Valdés, la segunda convocatoria/oportunidad de recuperar en junio-julio -en menos de un mes, desde el anterior examen- todo lo que se tenía que haber realizado distribuidamente a lo largo del curso no se sostiene desde una perspectiva pedagógica. En los exámenes hay que incidir en los aprendizajes que requieren reflexión por parte del estudiante, y no en datos puntuales que desaparecen pronto de la propia memoria y se pueden recuperar con facilidad de memorias externas. Por cierto, no estaría de más publicar los exámenes de todas las materias, como se viene haciendo en la selectividad, y se hace en otras universidades: probablemente ganarían en calidad.
¿Bolonia? Se limitó a introducir una arquitectura de títulos y créditos europeos, programas de las materias en formatos normalizados, infinidad de documentos?, una fachada Potemkin. No su espíritu. Un indicador de la ausencia de este: ¿existen en las bibliotecas universitarias 20 o 30 copias de cada una de las fuentes básicas que se señalan en los programas de las materias? Al final de los 70, sí se tenían y utilizaban en la Universidad de Londres. ¿Hacen uso los estudiantes de estas fuentes, para poder debatir informadamente después en clase, o siguen estudiando casi exclusivamente por apuntes, como comprobamos que lo hacían en la investigación Peculiaridades del estudio en las titulaciones de la USC, realizada por encargo del Consello Social de dicha Universidad?
Mi experiencia es que muchos -¡no todos!- ni siquiera estudian el libro de texto que el profesor ha escrito para la materia, a no ser que de forma subrepticia e impúdica se les obligue.