Alberto Núñez, que está empeñado en esnaquizar el Parlamento de Galicia haciendo un uso prepotente de su mayoría absoluta, acaba de sugerirle a Rajoy que no modifique la regulación del aborto sin pactar con las huestes de Zapatero. Desde el punto de vista fundamental es más importante y más fácil alcanzar acuerdos sobre el Parlamento que sobre el aborto, porque mientras la regulación parlamentaria es puro consenso, la cuestión del aborto está entreverada de problemas científicos, culturales y de conciencia. Más aún, mientras la situación actual del Parlamento de Galicia procede de un consenso absoluto de todos los partidos, del que formó parte el PP, la actual ley del aborto nació de una mayoría ajustada que, aunque era pluripartidista por pura necesidad y aritmética parlamentaria, no dudó en dejar marginado al PP, que por no incorporarse a la fiesta fue tachado de troglodita, facha y meapilas. Y por eso me gustaría saber qué criterio moral, científico o político está llevando a Feijoo a viajar por Galicia montado en el rodillo mientras recomienda gobernar el Estado desde el amor colectivo, como una comunidad hippy.
Más extraño aún me parece el Copago?s Festival, que amenaza con convertir la gestión sanitaria en el ejército de Pancho Villa. Mientras la señora Mato regula el copago como pauta de gestión general y uniforme, convirtiéndolo en una de las claves de racionalización del gasto, y mientras las cuatro comunidades que no son del PP amenazan con la insubordinación y la desobediencia civil, el PP se divide en tres bandos irreconciliables: los ciegamente obedientes, que van a aplicar el copago contra viento y marea; los tramperos, que van a aplicar el copago formalmente, mientras desvían las facturas a las correspondientes haciendas autonómicas; y los que militan en el círculo cuadrado, porque esperan ser votados por la derecha mientras hacen demagogia con la izquierda.
Feijoo, en este caso, se alinea con los obedientes, acepta la norma impuesta sin consenso por Madrid, y, en nombre de la cohesión del Estado, deja las facturas en manos de los gallegos. María Dolores de Cospedal, en cambio, que es partidaria de regular el aborto desde la mayoría absoluta, trampea con el copago, sin que su condición de abogada del Estado le impida incurrir a sabiendas en fraude de ley, y sin temor a meter a su Gobierno en un delito colectivo de malversación. Y finalmente queda Monago, que, al apoyar su poder minoritario sobre la izquierda indignada, siempre le pone una vela a los votos de Rajoy y otra a las simplezas de Cayo Lara.
Vistos estos y otros temas, caso por caso, es posible que ninguna de tales incoherencias sea grave. Pero cada vez hay más síntomas de que la Moncloa está vacía. Salvo en los asuntos económicos, que Angela Merkel dirige por teléfono y con mano de hierro. Gracias a Dios.