Cada vez que cierra una librería, el letraherido siente una puñalada en la espalda. Es como una traición que vive en primera persona. Sí, es algo personal. Las librerías son espacios de libertad. De conocimiento, y cada vez que perdemos una nos estamos perdiendo a nosotros mismos. Dicen que en Estados Unidos, poco a poco, como quien da de beber a un sediento, las librerías están levantando la cabeza. Hay espacios independientes que se transforman para intentar un futuro. Aquí también sucede. Se convierten en lugares de encuentro (siempre lo fueron). Se convierten en cafés y librerías, en sitios para que la cultura se multiplique hasta el infinito y más allá. Hoy en día todo lo que se escape a la corriente abrumadora de lo correcto es una maravilla, un prodigio al que hay que cuidar. Las librerías son flores raras, pero necesarias. El trato cálido, cercano, es fundamental. Necesitamos libreros lectores que recomienden lo que les apasionó a ellos. En Madrid hay una librería que vende solo lo que han leído, los títulos que les han gustado. Como un menú de exquisiteces garantizadas. Las librerías son patrimonio. Los libreros de cabecera curan más que las medicinas. Mejor libros en una mesilla que pastillas.