No le debió de resultar tan difícil. El juez Castro no hizo más que aplicar la sensatez y el sentido común. Y el resultado ha sido una nueva imputación de la infanta, que ya verán cómo solivianta a quienes sostienen que su bondad e inocencia son superiores a las de los Magos de Oriente.
El auto del magistrado hace un pormenorizado relato de la participación de la infanta en la trama de mercadeo del Instituto Nóos, situándola como una defraudadora «guiada por la codicia», consciente de todos sus movimientos y utilizando el título «como escudo».
Los miembros de la orquesta sinfónica y coros de música zarzuelera que vienen defendiendo la ingenuidad y candidez de la hija del monarca van a tener que cambiar el discurso y sumarse a la opinión general. Porque la imputación por blanqueo y delito fiscal no hace más que tranquilizar a la inmensa mayoría de los ciudadanos que, en algunos momentos, vieron peligrar la neutralidad y ecuanimidad de los tribunales. Porque nunca un español se ha visto tan protegido y consentido.
Ha dicho el portavoz regio que el caso Nóos es un martirio para la realeza. Según parece, no lo fue durante los años en que algunos de sus miembros manejaron ilícitamente nuestros ahorros. Ese es el convencimiento general de este sacrificado país. Y a esa convicción le ha puesto ayer etiqueta de certificación el juez Castro.